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Chile en marcha: literatura, música y movimiento estudiantil1

Rubí Carreño Bolívar | Pontificia Universidad Católica de Chile

El movimiento estudiantil implicó que cada uno de nosotros—profesores universitarios, críticos, investigadores—relativamente cómodos, hasta el momento, tuviera que  tomar una posición pública—ya fuera en su universidad, con sus estudiantes, en sus artículos y escrituras—respecto a qué significa investigar, enseñar y escribir en el contexto de uno de los países con mayor inequidad del mundo. De alguna forma, tuvimos que compatibilizar las prácticas académicas con el grito callejero de: “el profesor marchando, también esta educando”.  Fuimos impulsados a atravesar el libro-pantalla y a quedar en medio de la calle junto a otros y otras en una marcha desatada. El ángel de lo nuevo iluminaba al compás de las diabladas los escombros de nuestras ideas, veneradas y rotas, y las recomponía con lucidez en cada cartel, canción o grito de la turba memoriosa. Nos vimos obligados a considerar, con mediana serenidad, las condiciones en las que producimos, reproducimos, y creamos conocimientos. En palabras del profesor de la Universidad de Chile, Guillermo Soto:

Los estudiantes han apuntado con el dedo y nos han mostrado la desnudez del milagro chileno: las familias empobrecidas; las universidades con profesores por hora, sin investigación y sin libertad de cátedra; los estudiantes de primera generación que, sin terminar sus carreras, mantienen deudas millonarias; los empresarios que se enriquecen sumando al dinero que les entrega el Estado el que les dan los padres y las madres; la estratificación extrema de una educación que replica la injusticia de una de las sociedades más desiguales del planeta  (Soto, 2011, XX).

Compartir la calle con cientos de estudiantes secundarios que difícilmente veremos después en las salas de clases universitarias—ya sea como estudiantes o a través de políticas de extensión—puso en escena el alcance real de nuestro trabajo si es que no logramos de aquí a un corto plazo que la educación pública, gratuita y de calidad deje de ser un mantra que repetimos incansablemente en el absoluto convencimiento de que la educación pública de hoy es la paz de mañana.

Los que bailaban y marchaban junto a mí pensaban Chile con una lucidez pocas veces vista. Decían la verdad con tanto estilo, brevedad y talento que sus lienzos harían palidecer a Nicanor Parra y a “otros emprendedores”2. Pero no solo se trataba de palabras, hubo (y hay) una gran cantidad de manifestaciones artísticas que hacen de cada marcha un lugar donde la indignación y la protesta se cantan, se bailan, se actúan. Parecía que el siglo XIX y sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad por fin había llegado a la hacienda chilena, oie, y que asimismo, el siglo XXI también se asomaba a ritmo de Chico Trujillo: “porque al final lo que hay que vivir/ lo que hay que soñar/ hay que vivirlo”, cantaba una chica a mi lado. La miré y me dije que los sueños son para vivirlos, así que por eso: “te vuelvo a dar las gracias”.

Los jóvenes que marchaban conmigo se parecían y no a sus avatares literarios. En un silencio que hicieron las bandas de percusión del Liceo Amunátegui—mientras los chicos pedían agua o se secaban el sudor—podía ver que para muchos su único destino posible era ser reponedores o a lo más supervisores del Supermercado Chile que tan visionariamente representó Diamela Eltit en Mano de obra. Vuelta a los tambores precisos y vibrantes, a lo mejor con la rabia se puede hacer algo mucho más creativo que deprimirse o enfermarse, métale tambor: “te vuelvo a dar las gracias”, insistían con Chico Trujillo, unos estudiantes un poco más adelante. También podía ver y sentir el newen urbano de los “pendex” lemebelianos, está vez de uniforme. No vi ningún encapuchado (es que me iba cual cenicienta marchera antes de que dieran las dos) pero sí pude darme cuenta de que los que ahí estábamos luchábamos, cantando, creando, contra toda la violencia sistémica que permite que un joven determine cubrirse la cara y romper lo que encuentre a su paso y que a su vez, un carabinero pueda romperle el cráneo ( siempre, siempre, pegan en la cabeza, por algo será)  a cualquier joven, encapuchado o no, en la más completa impunidad. Las chicas del Liceo Carmela Carvajal gritan: “Paco, escucha, tu hijo se encapucha” y los del liceo de Aplicación: Hinzpeter escucha, ya vimos tu capucha. Se distinguían en cuanto en la narrativa del dos mil, los jóvenes son, por lo general, traicionados por el mundo adulto que abusa de su creatividad o sexualidad, como vemos en la Novela de otro de Rimsky y en Bonsai de Zambra. Los propios partidos políticos de izquierda los exponen a la violencia, como ocurre en La burla del tiempo de Mauricio Electorat. Por otro lado, en Las películas de mi vida de Alberto Fuguet la familia se alía con la dictadura en sus prácticas represivas. La escuela y la universidad no se libran de la amargura. En las novelas de Alberto  Fuguet de Cinthia Rimski y de Mauricio Electorat siguen siendo enclaves dictatoriales en los que la letra con sangre entra. Pero a mi lado y conmigo, va marchando la Asociación de académicos de la Pontificia Universidad Católica, hasta con cartel. Y por otro lado, una lluvia de monedas de diez pesos de padres y abuelos caía cuando un político de la Concertación osaba aparecerse en las marchas. Yo no tenía más bandera que mi lápiz y mi libretita, anoto este grito: “el pueblo unido, avanza sin partidos”.

El movimiento estudiantil volvió a articular a subjetividades colectivas que se encontraban fracturadas. Jóvenes, trabajadores y artistas volvieron masivamente a la calle por una educación gratuita y por el fin a lo que ellos llaman “lucro” y que se define como el interés de la ganancia por sobre cualquier otro tipo de consideración. De alguna forma este movimiento sintetiza las aspiraciones de las generaciones militantes de finales de los sesenta y de principios de los setenta: la imaginación al poder, las reformas universitarias de Francia y de Chile, el fin de la inequidad y desigualdad social, porque la pobreza, la cárcel y el cementerio, o casarse con un Zorricueta si eres Rivas, González o Tapia, no son los únicos finales de puede tener una novela de protagonista popular. También vi la prevalecer el amor y el erotismo por sobre el odio y la violencia como vimos en la revolución de las flores, de ahí que existieran  las “besatones por la educación”, “los desnudos por la educación”, “cuerpos pintados por la educación”, “las mil cuecas por la educación”. Los que conmigo marchaban eran capaces de elaborar estéticamente sentimientos mucho más diversos que el más bien volitivo “ni pena/ ni miedo” escrito en el desierto por Raúl Zurita. Se trataba, efectivamente, de una generación sin pena ni miedo, más bien indignada, harta y endeudada, que abandonaba la “mochila del dolor” por acciones multitudinarias, mediáticas, y efectivas.

El “cronista del horror”, “el exhumador de cadáveres” que es como los críticos José Promis y Francine Masiello describían a escritores y críticos de las dos décadas anteriores daban paso a su versión paródica en los cientos de estudiantes bailando “Thriller” de Michael Jackson frente a La Moneda. Sus carteles colgados al cuello decían “morí endeudado” o “La educación chilena está muerta, la mató el lucro”. Se movían con los pasos que todos conocemos pidiendo algo más que televisión para sus cerebros. Era la escenificación festiva de la violencia que recibimos y reciben, maestros y estudiantes, en la escuela de Pinochet, que “va a caer, y va a caer y va a caer”, gritaban y yo me alegraba porque ese grito sí lo conocía muy bien. Los zombies no solo mostraban el abuso económico que los deja con deudas millonarias de por vida, y por ende, sin posibilidad de movimiento o subversión en los años adultos, atados al neo cepo de las tarjetas de crédito. Sino también del destino del que canta la diferencia en un país que quizás por largo, adora las filas indias. A veces hay que vestirse de zombies, y parecer que somos muertos-vivientes, pero los bailarines del “Thriller endeudado” nos recuerdan en su flashmob que solo es un disfraz y que aun desde esta condición es posible ejercer el recurso popular más válido: decir no.

Seguimos caminando, frente al Centro Cultural Gabriela Mistral, antiguo UNTAD, nos topamos con la Banda Conmoción: más de veinte músicos que forman una banda de percusión y bronces con clara influencia de carnavales nortinos. Vimos muchas similares en lo largo del trayecto. Me di cuenta de que habían muchos grupos que transitaban fácilmente desde los escenarios a la calle, ya fueran ellos mismos los que estaban en las marchas, dándole un nuevo giro al concepto de “en vivo” o bien, con la apropiación de cumbias y canciones que oí en boca de los escolares. Escuché el “Huanyto del endeudado”, unas cuecas urbanas al más puro estilo de Los Trukeros y también vi en muchas comparsas el vestuario, instrumentación y formas de fusión del folclor nortino chileno, gitano y judío presentes en la Banda Conmoción y en La Mano Ajena, inventoras de la cumbia-klezmer. Aunque también escuche “Un largo tour por Pudahuel y La Bandera” de los ochenta,  era evidente que había una estética diferente respecto a la nueva canción chilena y el canto nuevo: la música chilena tradicional de protesta.

La Banda Conmoción, Los Trukeros, La Mano Ajena también grupos de cumbia como Chico Trujillo, Juana Fe y Chorizo Salvaje son grupos de la nueva escena musical que están en perfecta sintonía con lo visto en las marchas al proponer lo que el crítico de música popular David Ponce ha llamado “fiesta consciente”, que no reniegan de nuestro pasado doloroso ni que pretenden encapucharlo para que explote en violencia, pero que están convencidos de que el canto y el baile también purgan la pena. Las fiestas de pueblo, la cumbia, el porro, las fiestas de santos y cumpleaños de tres días, como las Rosas, que ya pasaron, la chaya, el vals, la cumbia, y también la música de los sin tierra, inmigrantes, judíos, gitanos y árabes, son el sustrato musical de esta nueva escena de la protesta.

Bailo un rato y pienso en la literatura, si va dos pasos adelante o dos pasos atrás en esta marcha colorida y sonora. Si la crítica puede ser parte de esta pista, y justo, no les miento, pasan por el lado los chicos del Instituto Nacional, protagonistas de Formas de volver a casa de Alejandro Zambra. Uno de los méritos de la novela es que privilegia como protagonistas a los llamados “actores secundarios” que se han tomado la calle y la palabra en estos dos últimos años. La novela de Zambra, que he analizado en otro lugar, expone cómo en Chile los saberes literarios constituyen un cambio de casa y de clase. Al no estar disponibles, convierten a los escritores de clase media en una suerte de exiliados, de desclasados. Sus formas de volver a casa son un intento por conciliar ambos mundos. Zambra abre y legitima, en armonía con los estudiantes secundarios, nuevas sensibilidades y formas de acercarse a la memoria traumática de Chile.

La “narrativa de los padres” (usando una expresión de Alejandro Zambra) es aceptada dentro de la novela de los hijos, desde una mirada cariñosa y compasiva, pero esta se vuelve ferozmente crítica si esos padres y madres, víctimas de antaño, se han convertido con el paso de los años y el peso de sus cargos en nuevos perpetradores de un Estado terrorista como denuncia Chinoy en su “Canción del terror”, o si no existe coherencia, como escucho, al lado mío; “y como, y como, y como es la wea, la mami estudió gratis y yo tengo que pagar”.

Me parece que en esta nueva escena, estudiantes, escritores y músicos sostienen el convencimiento de que para sanar el miedo y las heridas de Chile solo es posible hablar del pasado doloroso desde las pulsiones de vida, desde el amor. De ahí el cruce entre géneros como la canción de amor y protesta en Manuel García o la temática amorosa, política y literaria de Formas de volver a casa. Van a ser las dos de la tarde y termina la marcha. Va a llegar el zorrillo, fuerzas especiales, pero todavía la gente baila y canta, como hicieron las mujeres de detenidos desaparecidos y su cueca sola, como hizo el movimiento Sebastián Acevedo, y Mujeres por la vida y su bolero, para que no me olvides. Quizás la locura y el odio que la violencia inocula tengan su antídoto en el placer que le demos a nuestras vidas, en una felicidad que sea compartida. Los artistas chilenos del siglo XXI que hacen arte político se desenmarcan de la imagen globalizada del holocausto e intentan traer al presente la luz de las vidas no sé si se acaba la marcha, probablemente no, damos vuelta la página para cantar

Hoy he despertado en la mañana
me he asomado a por la ventana
y era este mismo país.
Sí, las flores van marchando en el jardín.
Sí, los estudiantes marchan junto a mí.
(Manuel García)


Rubí Carreño Bolivar es Profesora Asociada de la Universidad Católica de Chile. Es autora de Leche Amarga: violencia y erotismo en la narrativa chilena del siglo XX (Santiago: Cuarto Propio, 2007), Memorias del nuevo siglo; jóvenes, trabajadores y artistas en la narrativa chilena reciente (Santiago: Cuarto Propio, 2009) y editora de Diamela Eltit: redes locales, redes globales (Madrid: Vervuert, 2009). Realiza un trabajo crítico interdisciplinario que convoca los estudios de genéro, sonoros y de la memoria, así como la interpretación de distintas tradiciones literarias, musicales y culturales que privilegian los cruces entre lo letrado y lo popular.  Actualmente, dirige la revista Taller de letra.


Notas

1 Parte del proyecto Fondecyt 1110482

2 El presidente Sebastián Piñera  se refirió a Nicanor Parra como “emprendedor” es decir, pequeño empresario de la poesía.


Obras Citadas

“Académicos UC frente a la crisis de la educación”. Académicos UC. 11 de Marzo 2012. Web. 16 de Abril de 2012. <http://academicosuc.wordpress.com>.

Banda Conmoción. 2011. “Cardenal”. Video. Cooperativa.cl. 11 de Diciembre. Web. 13 de Febrero de 2013. < http://www.cooperativa.cl>.

Chico Trujillo. 2010. “Loca”. Chico de oro. Santiago: Barbès Records

Chinoy .2011. “Canción del terror”. Música X Memoria. Santiago: Museo de la Memoria.

Electorat, Mauricio.2004.  La burla del tiempo. Barcelona: Seix Barral.

Eltit, Diamela.2002. Mano de obra. Santiago: Planeta.

Fuguet, Alberto. 2003.  Las películas de mi vida. Santiago: Alfaguara.

García, Manuel. 2010. “Alfil”. S/T. Santiago: Oveja negra.

“La educación no se vende” (conocida también como “Vamos compañeros”). 2012. “Los mejores gritos de la marcha escolar”. The Clinic Online. 24 de Junio de 2011. Web.21 de Agosto <http://www.theclinic.cl>.

Lemebel, Pedro. La esquina es mi corazón: crónica urbana. Santiago: Seix Barral, 2001.
---. “Manifiesto (Hablo por mi diferencia)”. A corazón abierto. Geografía literaria de la homosexualidad en Chile. Juan Pablo Sutherland (Comp.)  Santiago: Sudamericana, 2002.

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“Movilizaciones creativas y con contenido por la Educación Pública”. Universia Noticias.. 26 de Junio de 2011. Web. 27 de Junio de 2011. <http://www.universia.cl>.

 Ponce, David (coordinador). 2008. Música X Memoria. (CD) Santiago: Fondart, 2011
---.Prueba de sonido: primeras historias del rock en Chile (1956-1984). Barcelona: Ediciones. B.
---. 2012. “Fiesta Consciente” Entrevista inédita por Rubí Carreño.

Rimsky, Cynthia. 2004. La novela de otro. Santiago de Chile: Editorial Don Bosco, Edebé.

Soto, Guillermo. 2011. “El traje (no tan) nuevo del emperador”. En Taller de Letras Nº 49, 257-259.

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