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Imágenes del día antes

Orlando Luis Pardo Lazo

La imagen de la Isla ha sido abusada en nuestro imaginario nacional.

La isla como aislamiento, como abandono continental, como mansedumbre lírica, como lo menos firme de la tierra, como origen y teleología, como corcho insumergible (insufrible), como causa poética y medida de todas las cosas.

Cuba puede ser esto y mucho más, seguramente. Pero Cuba es, ante todo, ilusión. Una enfermedad endémica llamada esperanza. Y, más que ilusión, Cuba podría ser puro instinto.

Podemos violentar la etimología de “instinto” y definirla a partir de “instante”. Lo instantáneo, la instantánea. Lo que no podrá ser releído un momento después y por eso debe ser fijado antes que desaparezca. Lo precario.

 Y estamos hablando entonces de fotografías: el más vulgar de los objetos domésticos, el más comercial; el más inmóvil de los géneros, también el más democrático (como con las armas de fuego, tengamos o no licencia, todos podemos salir a la calle y disparar: clic, flash). Cada fotograma forma parte de un mismo filme, trailer documental de sueños socializados del que nadie tiene prisa en despertar. Sueños medio monstruosos que querían engendrar raciocinio, pero terminaron engendrando racionamiento y cinismo.

Ronquidos a falta de voluntad para sostener nuestra voz. Traqueotomías gratuitas con que nos tatúa el sistema de manera voluntaria, tal vez antes de nacer. Respiración artificial del motor roto de mil y una generaciones en posición horizontal: la pose que menos llama la atención de la autoridad. La horizontalidad, la postura fetal, que todavía es la que más nos cobija (esa otra ilusión de volver al vientre donde el daño social aún no nos toca).

Peatones en paz, tendidos, sobre la mugre metropolitana, a riesgo de ser pisoteados por los flujos del deseo y el taconeo urbano del capital. Capitalismo por cuenta propia; mercado minimal cuya geografía es tan incipiente.

Descalzos y decrépitos, a ras de las columnas, como corresponde a una ciudadanía incivil. No se manda un país como se manda un campamento, por supuesto: se manda como si cada paisano fuera en sí mismo un campamento. De todas formas, al final somos detectados porque La Habana es precisamente la imposibilidad de un espacio interior. Aquí todo es intemperie, todo está a flor de piel, promiscuidad política donde impera lo prohibido, parajes de máxima visibilidad. Vigilancia paternalista y castigo infantil, mientras cambiamos día a día de maquillaje para que nada, ni nadie, de año en año nos cambie.

Y también un toque de ternura animal. Y otra pizca de humor, como recordatorio de la condición humana extraviada en algún vericueto legal. La Constitución cubana como mordaza, como mortaja, como memorándum de la muerte equitativa por decreto oficial. En las fotos, lo efímero deviene eterno, la mirada deviene materia, sea por un inspirado golpe de composición o sea por un milagro de la casualidad (o por ambas).

 Sea pesadilla o sea pesar humano, sea abandono civil o sea solidaridad. Pero una instantánea es siempre un clímax de intensidad. Impromptu casi insostenible por su carácter imprevisto, muchas veces intolerable.

En un clima más bien de desierto como el de Cuba (ideología al rojo vivo de día, de noche masas enfriadas entre la hipocresía y la idiotez), en una atmósfera claustrofóbica, de entusiasmos histéricos y apatía patria (con líneas de fuga hacia un afuera a ciegas, un afuera muchas veces suicida), en un paisaje de grietas que alardean de su grosería, paisaje reducido a páramo donde hasta la represión es aburrida y Dios parece un bostezo, no hay nada más incitante que la intensidad. Ni nada más imposible.

Sin esa materia prima acelerada, no habría acontecimiento ni creación. La intensidad del instante atrapado eleva lo que sólo fue un acto mudo a sus resonancias simbólicas más inconcebibles. La intensidad es un vector que va de lo físico a lo metafórico, de la luz a la iluminación, de la terrenalidad al aire. En última instancia, de lo político a lo poético. La intensidad puede incluso ser inventada, y a la postre siempre contiene trazas de la verdad.

Instante, detente: eres tan hermoso... ¿Cuáles serán los síntomas de semejante belleza?

Caída, cadalso. Imaginarios emergentes, fuerzas desconocidas en secreta tensión, impulso (que en física se conecta con la masa y la velocidad), lugares comunes a punto de desequilibrio (el instante como anuncio de lo inusual), Cuba como colisión.

Después de décadas de cuerpos en decadencia, borrados por las estadísticas en masa, de pronto Cuba concebida como recuperación. La urgencia de movimiento borra la vocación de eternidad de la imagen. Diafragmas abiertos de par en par, provocadores. Tentación de una luz líquida, chorreante. Humedad de una historia ya sin histología. Sensualidad antes que censura. Eros, más que héroes. Reflejos, más que retórica. Revelado, más que revolución.

Y en medio del caos, lo fragmentario; no tanto como solución estética, sino como estrategia en contra de la noción de absoluto. El fragmento como ética privada del individuo: la parte contra el todo, teoría anti-fractal, post-metonimia, las versiones inverosímiles de la verdad, lo incompleto, como fragilidad pero también como resistencia, ante la tabula rasa que es el legado de todo totalitarismo en fase terminal. Reescritura de la iconografía oficial. Venganza iconoclasta, largamente pospuesta por el arte en Cuba, y largamente penalizada para sus artistas. El palimpsesto como antítesis del monolitismo propio de cualquier pared. Es, por fin, el descascaro de una tradición que se promocionaba como perenne.

La acumulación de capas de significado comienza a perfilar una suerte de arqueología del borrón y cuento nuevo. La gran muralla de La Habana se abre ahora como un gran mural. La amnesia es amable como una locura benevolente que nos devuelve a la infancia. Sospecho que socializamos al estilo de un zombi senil.

En esa nueva narrativa predominan los residuos y el boceto. En esa nueva no-rrativa predomina la contaminación en su sentido benéfico: la dilución de los grandilocuentes discursos, lo mínimo se disemina a las mil maravillas sin que nadie lo note, mientras que las ruinas pictográficas de nuestra Pompeya apátrida se van tornado cada más más difíciles de decodificar.

Los deshabitantes de la barbarie, sílaba a sílaba, aún podemos reconocer cierta sensación de sentido, pero en la práctica hemos olvidado cómo leer: los vocablos y frases hoy nos dan la impresión de haber sido vaciados de contenido, de ser desconchados de una lengua obsoleta, a ratos obscena. La Habana como lengua muerta, marciana, como un latín al límite. Paradójicamente, esa analfabetosis en Cuba es nuestra única garantía de acceder al futuro. No entender, nos protege de participar, por ejemplo, de los despotismos ridículos de la propaganda; de los verticalismos y los exabruptos del poder. No entender, también, es un acto supremo de insubordinación, de subvertir las señales del consenso, de ser en definitiva, sujetos al margen de toda lógica y toda gobernabilidad. Abandonar la cansada costumbre de interpretar puede ser el impredecible primer paso hacia la libertad. Más que de un vocabulario, dependemos de un vocabulárido. Aridez de la repetición, patrones argumentales que se reiteran hasta la náusea. Violencia verbal invisible, no tanto a través de la ofensa pública como del secretismo que provoca pánico y terror. Son esos detalles sobreentendidos los que amenazan y atenazan el alma cubana, más allá del mito de la insularidad y sus exilios de excepción. Más que de un vocabulario, pendemos de un voCUBAlario.

Hasta el amor y el deseo parten de esos equívocos sintácticos. Privilegios acumulados, fobia al otro. No sólo fobia al diferente, sino fobia al idéntico. Homofobia en su sentido universal: miedo al otro, pulsión de aniquilar. A veces uno está tentado a aceptar que el lenguaje existe porque la comunicación es imposible. No hay mensaje que consiga ya vencer la fuerza de la gravedad, todo tiende a precipitarse. El piso prima por encima de los ideales. No hay ideología que a estas alturas no luzca un poco idiota. El paraíso por suerte se perdió, no tan desierto como desertado. Quedaron las marcas perimetrales, los límites rígidos por ser ya tan escleróticos, los barrotes que definieron la magnitud de la encerrona: el panóptico como ortopedia para que el intelecto no insista en existir.

Quedará acaso la misericordia, que fue maltratada por la mirada, la urgencia de un gesto de salvación que restaure el prestigio de la ingenuidad. Recortería de siluetas, sombras cubanescas sobre el telón claustrofóbico del horizonte. Camisa de fuerza, desmemoria que obliga que lo póstumo prevalezca sobre lo probable, donde un pasado perfecto impide la incertidumbre de todo futuro. Tiempo coagulado, acronológico. La arquitectura entendida como arqueología.

Mapas, geometría elemental, itinerario recurrente como los sueños que no nos atrevemos a dejar de soñar. Teoría del laberinto. El arte de la espera. Coda audiovisual de quienes han perdido la esperanza de una nueva señal. Contraluces a contracorriente. La imagen de la Isla es inagotable en nuestro imaginario nacional. La isla que resucita de sus propias cenizas, como Ave Fénix o mejor un Alef, objeto mágico de la multiplicidad, donde todos los tiempos aún son posibles, esquizofrénicamente a la misma vez. La reacción espontánea contra décadas de paranoia podría estar escondida ahí: perder el rostro, ser otros en otra parte, no pertenecer, renunciar a una gramática nacional que convocó a nadie y para el bien de nadie. Sustraernos a nosotros mismos justo en el día antes: si la transición será solo tramoya de teatro, los cubanos hoy eligen no protagonizarla el día después.


Orlando Luis Pardo Lazo is a fiction writer, blogger, photographer, poet, editor and free-lance journalist. He holds a BS degree in Biochemistry from Havana University School of Biology (1994), and he worked as a molecular biologist at the Center for Genetic Engineering and Biotechnology of Havana (1994-1999). He has edited the cultural magazine EXTRAMUROS (2001-2005) as well as several independent Cuban digital magazines: CACHARRO(S) (2003-2005), THE REVOLUTION EVENING POST (2006-2008), and VOCES (2010- ). He lives in Havana. He is residing temporarily in the United States, giving lectures in USA universities (Princeton University, Brown University, The New School of New York, NYU, UW La Crosse, UW Madison, University of Pennsylvania, Georgetown University, Seton Hall University, University of California Irvine, Boston College) about social activism and Cuban civic society using new media and technology. He is the editor of an anthology of young Cuban literature for www.sampsoniaway.org in Pittsburgh.