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Disidencia: Frente al Desorden de las Cajas Abiertas—México, Breve y Precario Mapa de lo Imposible

Rossana Reguillo | ITESO

La única manera de hacer justicia a esos textos y al acontecimiento que constituyen, es fabricando un tejido de escritura que logre abolir la jerarquía de los discursos. Construí entonces, con sus palabras y sus itinerarios, la trama de una historia que es la historia de la educación sentimental, intelectual y política de una generación. Y sólo podía hacerlo con mi propia sensibilidad, teniendo en mente todas las novelas, poemas, canciones, óperas o dramas que me permitían establecer resonancias con aquellas vivencias suyas.— Jacques Ranciere (2010)

Postal para pensar la disidencia

Es México, transcurre el mes de mayo de 2012, hace calor, la lluvia tarda en anunciarse y el escenario monocorde de unos resultados electorales avisados--el regreso del PRI--pautan el tiempo. Algo se abre paso entre el sopor primaveral. Son jóvenes, vienen de distintos lugares: de la capital, de Guadalajara, de Ciudad Juárez, de Puebla, Cuernavaca, del sur, del norte. Se autonombran #YoSoy132, los une ya el convencimiento de que las cosas no marchan bien en un país que se desangra diariamente y que suma más de 70 mil muertos por el narcotráfico, casi 35 mil jóvenes asesinados entre el 2000 y el 2008; con un poder mediático y monopólico que organiza, detenta, dirige y orienta lo que sabemos de nosotros. En la tónica de las múltiples emergencias sociales que arrancan en 2011 de Tahrir a Rusia, pasando por España, Grecia, Estados Unidos, los jóvenes mexicanos tomaron las calles, las plazas y las redes sociales.

La noche del 13 de junio, montados en una camioneta con un cañón y una bocina, proyectaron en los muros de la Televisa –ese gigante que condensa el hartazgo de los jóvenes y de millones de mexicanos--, un video de casi cinco minutos que arranca con la frase “¿Qué se manipula detrás de estas paredes?"

 

 

Ahora ellos contaban su verdad, afuera, con nuevas ideas y certezas de lo que significaba la verdad.

La noche cerró con un acto simbólico que les regaló el clima. Cientos gritaban a coro “estudiantes informados, jamás manipulados”, cuando un joven de artes plásticas encendió un globo de cantoya que se elevó en medio de la noche. La lluvia finalmente había decidido bañar a este país tan seco. El globo voló sobre la multitud, que lo miraba conmovida, siguió un curso impredecible y al final, como impulsado por un viento de primavera, entró al balcón de Televisa,  donde minutos antes los reflectores habían sido apagados para ocultar la manifestación. Esa tenue luz en el silencio de tantos años.

Si no ardemos juntos quién iluminará esta oscuridad”, dice la pancarta gigante que instalaron en la explanada de la UNAM. Se ha convertido en emblema y estandarte del movimiento: disidencia, seducción y resistencia.

Disidencia: de la resistencia a la imaginación 1

En una línea de tiempo relativamente larga, podría decirse que la disidencia en México es una vieja historia con periodos de alta intensidad, que pueden remontarse a la colonia, más tarde a la guerra de reforma, después a la revolución de 1910 y a lo largo del Siglo XX a momentos particulares de nuestra historia; sin embargo para los fines de este breve ensayo, quisiera partir –como un momento fundacional en la historia contemporánea de México, con la irrupción en 1994 de los indígenas zapatistas en la escena nacional, porque es un momento que marca en su sentido más profundo el significado de “disidencia” que se deriva de disidir (y no de disentir), que significa: “separar, no permanecer, no desear”.

El zapatismo se constituyó justamente como un  llamado a una insurrección que “diside”, es decir que llama a no permanecer en el mismo modelo dominante, y que por el contrario, marca su distancia y su no deseo de inscribirse en el sistema. Quizás, este es uno de los rostros menos discutidos del zapatismo, en tanto las condiciones de vida de los insurrectos, condujeron rápidamente el debate hacia el tema de la inclusión-exclusión. La pobreza, los agravios históricos, la injusticia y la terrible desigualdad que han padecido los indígenas mexicanos, en este caso del suroeste del país, obturaron la dimensión más dramáticamente irruptiva del alzamiento indígena que fue justamente su llamado a pensar de otro modo, a construir un espacio distinto, alejado de los centros de poder.

El disidente no está en la oposición, ha decidido separarse (“no residir”, del griego meneoo), ahí radica su potencial transformador, en la revelación de otro orden posible. El disidente articula resistencia y seducción (como subtitula a su documental Rodrigo Dorfman2), por ello, frente al llamado del zapatismo los poderes propietarios se paralizan y sólo atinan a responder con fuerza y con propuestas de “inclusión”.

Represión para contener el brote hereje, inclusión ilusoria para evitar la rotura que la disidencia anuncia en su devenir seducción. La seducción se acerca a la definición de disidencia en el sentido de “apartar” (seductio). Así la disidencia al desmarcarse de un modelo o centro, de un modo de pensar, de una representación dominante de lo real, seduce, llama a sus otros a ese espacio aparte y a partir de ahí, articula un nosotros diferente.

Frente al orden discursivo de la democracia moderna y sus dispositivos fundamentados en la noción de consenso, de equilibrios, de mantenimiento –a toda costa- de los acuerdos, la disidencia irrumpe para desestabilizar la política de los consensos (Savater, 2011), y especialmente para “desordenar el mapa policial de lo posible”.

La disidencia es seducción, es resistencia, pero es fundamentalmente imaginación a través de la que busca instaurar un tiempo imposible (Derridá, 2003), abre las compuertas a lo que puede ser posible y a la manera derridiana abre paso a la insurrección de lo posible. En ese sentido la disidencia es más que una economía de la redención, una economía de la imaginación.

El zapatismo le abrió las compuertas a la imaginación en un momento en que el mapa de los horizontes posibles parecía colapsado por tres cuestiones fundamentales:

a) La decisión de los mercados para firmar acuerdos inter-nacionales para dotar al neoliberalismo globalizador de un marco legal de operación. El caso del TLCAN en México, a través del cual, el entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari, decretaba la entrada de México, con un clavado impecable, en las dulces aguas del libre comercio.

b) Las derrotas y represión contra los movimientos sociales de los sesentas y setentas y el repliegue de numerosos actores sociales que optaron por el trabajo a pequeña escala.

c) Y, los impactos sociales y simbólicos de una industria mediática y cultural arrolladora, que se dedicó con intensidad a producir versiones unívocas de la realidad.

Ese es el escenario. Es México, el siglo XX está por terminar, las condiciones sociales y económicas se agravan. Por todos lados hay brotes de rebeldía pero los canales de televisión, las radios y las grandes cadenas nacionales de prensa escrita, no se dan por enterados. El ¡Ya Basta!-- ese grito en el que estallan las gargantas de hombres y mujeres, milicianos y bases de apoyo zapatista, retumba en todo el territorio nacional y más allá de las fronteras mexicanas. Como atraídos por un imán, movimientos sociales, organizaciones civiles, grupos indígenas, marxistas, anarquistas, católicos, ateos, jóvenes, menos jóvenes, algunos intelectuales, se entregan al llamado no a una guerra (como quisieron hacerlo ver las autoridades políticas, los dueños del capital y medios), sino justamente a la posibilidad de un nuevo mapa para pensar la vida, la realidad, la justicia, el amor y también la muerte.

Fueron llegando de muchos lados, de España, de Italia, de Estados Unidos, de otras partes, miles de buscadores, casi como en el relato de Juan Rulfo, Pedro Páramo:

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. […] Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo. Por eso vine a Comala.

Uno tras otro, una después de otra, los viajeros en esa travesía al sur que dieron en llamar utopía, parecían decir: Vine a México, a Chiapas, porque me dijeron que acá se abría el porvenir. Ahora pronto comencé a llenarme de sueños y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que eran aquellos llamados zapatistas. Por eso vine a Chiapas.

Y muchos llegaron y se quedaron, otros llegaron y se fueron, y en el interior de ese espacio llamado zapatismo fueron brotando sueños y proyectos, anhelos y cooperativas, deseos y escuelas, primero alrededor de un locus llamado “La Realidad” y ya más tarde estallando en rizomas que fueron a llamarse “Caracoles”.3

“...Lo mesiánico o la mesianicidad sin mesianismo sería la apertura al porvenir o la venida del otro como advenimiento de la justicia, pero sin horizonte de espera y sin prefiguración profética”, dice Derrida (2003,61). Quizás en esta elaboración de Derrida, es posible encontrar una pista clave sobre el corazón de la disidencia, la del acontecimiento como advenimiento del otro en un horizonte sin esperas proféticas. Ese otro que deviene otro posible, ese espacio aparte, ese tiempo imposible, que se configura como una “estructura general de la experiencia”.

A partir de estos planteamientos es posible decir que la disidencia exige necesariamente una forma de desubjetivización, un arrancarse de sí, para construir una nueva subjetividad. Resistencia, seducción, imaginación, advenimiento del otro para configurar un espacio distinto-aparte en el que otra subjetividad se hace posible.

El riesgo como lo hemos visto en el zapatismo es que ese momento liminal ese tiempo de apertura y ambigüedad en el que el orden anterior no es lo que era y el que se anuncia aún no es, la prefiguración profética lucha por abrirse paso y convertir la disidencia en un telos, en un programa. Si la prefiguración profética (en plural sería mucho más preciso, para colocar la disputa por la definición de la configuración futura), triunfa, el horizonte de lo posible queda obturado por el pasado y clausura la potencia de la indeterminación.

Es México, el Siglo XXI despega con la leve promesa de una democracia posible; por primera vez en 70 años el Partido gobernante, el PRI (Partido Revolucionario Institucional), pierde las elecciones frente al eterno partido opositor, el PAN (Partido Acción Nacional), que de tanto coexistir con su adversario para disputarle poder y negociar sus espacios, termina siendo copia casi fiel de su némesis histórico. Los años siguientes mostrarán que todo cambió sin cambiar nada; el deterioro en las condiciones de vida de la gran mayoría de las y los mexicanos aumenta; la violencia brutal irrumpe en la escena nacional, la ingobernabilidad aumenta; los monopolios mediáticos afirman su poder y dos mexicanos entran a la selecta lista de millonarios de Forbes: Carlos Slim, el magnate de la empresa telefónica Telmex y, el Chapo Guzmán, un fantasma líder del Cártel del Pacífico. Ese es México. Se avecinan nuevas elecciones, tras 12 años fuera del poder de la Presidencia el PRI se apresta a volver, el PAN se ha desgastado en una mala administración y en luchas internas, Felipe Calderón se ha convertido en la representación del fracaso y la violencia, la izquierda está atomizada, escindida y sin nuevos liderazgos visibles. Es el 2012.

Disidencia: Nosotros somos los que seremos #YoSoy132

Y lo que más me emocionó es que pasamos más de cuatro horas en la Asamblea, tratando de entender quiénes somos, qué éramos, qué queríamos ser.—C.M. Integrante de “YoSoy132 Guadalajara

Con Alejandro Grimson, afirmo la importancia analítica y política del concepto-idea de configuración cultural, a la que el autor define como “un espacio en el cual hay tramas simbólicas compartidas, hay horizontes de posibilidad, hay desigualdades de poder, hay historicidad” (2011, 28). La pregunta por la configuración de la(s) disidencia(s), resulta fundamental sí se asume, como quiere Derrida, que el mesianismo sin prefiguración profética, no se basa en un contenido históricamente revelado (Derrida, 2003). Bajo este supuesto la disidencia en tanto acontecimiento irruptivo que horada los horizontes de posibilidad, no puede ser definida desde un mapa de sentidos previos. La disidencia no es una revelación, es acontecimiento, potencia, ruptura.

Y en tanto acontecimiento, exige atender, lo que Rosenau (1990) llama “cascadas” a las que entiende como “secuencias de acciones en un mundo multicéntrico que de pronto ganan fuerza e impulso, pierden velocidad, se detienen, revierten su curso o vuelven a suceder nuevamente mientras sus múltiples repercusiones no cesan de expandirse y desplegarse a través de sistemas y subsistemas enteros”. Lo que intento plantear es que la disidencia no es nunca estado, si  proceso abierto que va asumiendo distintas configuraciones a través de las secuencias de acciones.

El 11 de mayo de 2012, el candidato a la Presidencia de México por el PRI, Enrique Peña Nieto, visitaba uno de los auditorios de la Universidad Iberoamericana en la Ciudad de México, un acto más en la cadena ritual de las elecciones4. Los estudiantes lo increparon y sin guión preparado, pudo más la prepotencia del poder, no supo, no quiso calibrar la inteligencia sensible de sus interlocutores y ahí se desató la primera secuencia en el devenir del acontecimiento que se convirtió en #YoSoy132. Nada estaba escrito y era incluso un “incidente” que podría haber pasado desapercibido. Pero aunque nada estaba escrito, existía ya un espacio, un tiempo abierto para el advenimiento del otro, de lo otro.

Poco tiempo después y  frente a la descalificación que sobre lo sucedido hiciera el presidente nacional del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, que acusaba a los jóvenes universitarios indignados de acarreados, de porros (así se llama en México a los grupos de choque que se infiltran en los movimientos sociales para tronarlos desde dentro o justificar la represión), los estudiantes de la “Ibero”, subían a la red, un video de 11 minutos en el que 131 estudiantes, credencial en mano se autopresentaban, ejerciendo su derecho de réplica a las descalificaciones y calificaciones de las que habían sido objeto. La viralidad que alcanzó el video no tiene precedente en la historia reciente del país.

 

 

Cada una y uno de los participantes utilizaron tres elementos para configurar el video: el nombre propio, el número de expediente y la credencial que los acredita como estudiantes de esa Universidad. Un signo, un índice y un ícono. El nombre propio es el signo que opera como emblema, como condensación de un yo, una narrativa biográfica desde la que se participa; el número de expediente es un índice que permite ubicar con facilidad aspectos relevantes e importantes de la continuidad de un elemento (simbólico o material) con la realidad –en este caso, su condición de estudiantes-, y, finalmente, la credencial opera como un ícono, una representación o signo que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado. Por ello, los casi once minutos de duración de ese video, en el que se repiten los mismos elementos dichos en distintos tonos y énfasis, resulta tan poderoso: no se elude la responsabilidad individual (el nombre propio) y se habla desde un lugar de identidad. Pero quizás más allá de estos elementos, lo que desató el acontecimiento, la potencia, es que estos jóvenes volvían evidente mediante el uso de las redes, que el horizonte de lo posible podía transmutar en paisaje de lo imposible.

“Pensamos que no es una mero uso de las redes sociales, sino la actuación colectiva e inteligente de apropiación de redes sociales y otras herramientas digitales para una acción política y colectiva transformadora. No es la revolución Facebook o Twitter, es una nueva capacidad tecnopolítica, practicada a nivel masivo por ciudadanos en red”5, dice Javier Toret, miembro del grupo DatAnalysis15m.6

Al video “131 alumnos de la Ibero”, le siguió en una secuencia alucinante de  aparición de nuevos videos en los que los protagonistas (la mayoría jóvenes estudiantes de universidades públicas y privadas), afirmaban “ser él o la 132”, sumándose así, uno a uno, a una onda que encontraría su mejor expresión y condensación simbólica en el hashtag #YoSoy132 que para esos entonces, finales de mayo de 2012, ya era una “tendencia” en Twitter y un tema fundamental en Facebook y el movimiento había salido a las calles varias veces.

Sí, como indica Toret, no se trata del mero uso de las redes sociales, la pregunta que se abre paso es la de la articulación entre el tiempo imposible, la desapropiación subjetiva o desubjetivación –en el sentido discutido anteriormente-, que implicaba la irrupción del acontecimiento y el de las competencias tecnopolíticas.

#YoSoy132 no era un llamado a la insurgencia en un sentido político tradicional, era una invitación disidente a pensar y sentir de otro modo, una apelación a pensar y a sentir “como sí uno ya fuera libre”7, como si ya todo hubiera empezado a cambiar por el sólo hecho de imaginarlo.

Al hartazgo frente a la clase política mexicana, la corrupción, la manipulación constante de la información y con ella, de la realidad, las y los jóvenes encontraron en la configuración #YoSoy132, la posibilidad de “apartarse” y desordenar el mapa policial de lo posible. Fundamentalmente a través de la ruptura de la configuración de un orden preestablecido. Su batalla contra la manipulación informativa se centró, es cierto en Televisa, pero la potencia del movimiento generó un deslizamiento importante: además de un “contra”, claramente establecido, produjeron una lluvia de opciones informativas, ellas y ellos contaban ahora la historia; radios en internet, páginas, boletines, revistas que les permitían romper el monopolio de la palabra legítima.

El mes de Junio de 2012 fue el de la fuerza de lo imposible, las cascadas de acciones se sucedían a una velocidad extraordinaria, asambleas, toma de plazas en diferentes ciudades, una efervescente conversación colectiva en las redes, acampadas, brigadeos en medios de transporte y en barrios, surgimiento de mesas de trabajo nacionales, colectivos que se sumaban a #YoSoy132, marchas, plantones, asumiendo configuraciones distintas pero cobijados por la “esperanza sin espera”, como diría Derrida.

Aprendiendo en el curso de la propia acción, las y los integrantes del movimiento, avanzaban, no sin contratiempos, en la tensión entre subversión y la invención. No se trata aquí de un juego de palabras, sino de una tensión clave de lo que quisiera llamar “espacio intermedio”, esa suerte de liminalidad, potencia, que entiendo como el proceso abierto por la irrupción de un acontecimiento que: genera sus propias coordenadas espacio-temporales, se caracteriza por la tensión entre un orden anterior y una nueva realidad en gestación, en el que se expresa la tensión política entre la transformación o la preservación de las categorías para pensar el mundo8.  Subvertir es trastocar, trastornar un sistema, invención es inventio, invenire, encontrar, descubir, crear.

#YoSoy132 no se agotaba en la suma de cuerpos en la calle, ni en la acumulación de fuerza de contestación en la red, para muchas y muchos de sus integrantes era claro que lo que iba en juego era liberar el tiempo del secuestro de un futuro teleológico, de un programa político a la usanza de los partidos. No se trataba de reciclar consignas, sino de arribar a ese espacio aparte, a ese tiempo otro. Inventar su memoria, hacer venir la disidencia, a la manera arqueológica sugerida por Benjamin, “un buen informe arqueológico no indica tan solo aquellas capas de las que proceden los objetos hallados, sino, sobre todo, aquellas capas que antes fue preciso atravesar” (2012, 141). Las capas que #YoSoy132 logró atravesar son su principal activo, pero minaron su capacidad de invención, hasta nuevo aviso.

Arder juntos: notas finales

Hay imágenes emocionales que pueden remover las bases más estables de los estados nacionales9. Hay acciones políticas que tienen la virtud camaleónica de de operar simultáneamente como “imágenes fotografiables”, lo que significa “descifrables” para los medios de comunicación, tanto como de convertirse en poderosas apelaciones a subjetividades diferenciadas, lo que significa “apropiables” por un conjunto diverso y disperso de actores sociales que se reconocen, de pronto en una imagen, en un ritual, en una performance espontánea o intencional.

Tanto el zapatismo como #YoSoy132 en su devenir acontecimiento lograron generar ese espacio otro de interpelaciones subjetivas y, producir imágenes emocionales que, rompiendo las costuras del discurso político tradicional, removieron los cimientos de un orden que se auto asume como único posible. En ese espacio intermedio, en el tiempo mesiánico sin prefiguración profética, en ese como sí ya fuéramos libres, las disidencias protagonizadas por ambos movimientos sociales, lograron catalizar las emociones y los deseos, condición fundamental, sostengo, para abrir la compuerta a la imaginación disidente.

Dice Toret, en la entrevista ya citada y a propósito del análisis preliminar de la emocionalidad  en una base de datos de millones de tuits vinculados al hasthtag #15M, “cabe destacar que las emociones dominantes han sido la indignación y el empoderamiento, observándose la necesidad de que la segunda esté presente para que se produzca la acción. La indignación o la rabia no bastan, hace falta empoderamiento para traspasar el miedo, principal factor de inhibición”.10

En  mi propia investigación sobre #OccupyWallStreet y #YoSoy132, arribo a través de un enfoque cualitativo a las mismas conclusiones, el empoderamiento como una emoción clave para la acción. De la desesperanza y la tristeza, se pasa a la rabia, a la indignación11, pero es el vértigo de la emoción colectiva del empoderamiento lo que detona la posibilidad de atravesar las capas del miedo y la tristeza. ¡No basta con indignarse!, como señaló el autor del manifiesto “Indignaos” (2011) Stéphane Hessel, en su incitación a la movilización titulada ¡Comprometeos! (2011b). Pero el compromiso nace de otra emoción: la solidaridad, que en la socioantropología de las emociones equivale a sentir con otros, a imaginar un bien común para y con otros. Ese advenimiento de la solidaridad, esa emoción primaria del con-dolerse o enamorarse del otro y desear su bien, es el principio telúrico de la disidencia, el anuncio de la llegada de ese y eso otro posible. No se espera la llegada del Mesías, se actúa para que algo llegue, dirá Arditi (2012, 150). Las emociones son fundamentales para entender no el por qué, si no el cómo las personas en el tiempo imposible siendo lo son anuncian lo que seremos, lo que podemos ser.

Apartarse, rebelarse, dejarse seducir y seducir, imaginar, emocionarse, actuar en consecuencia, pero especialmente interrumpir, perturbar, desordenar el tiempo de la dominación, son elementos y momentos constitutivos de la disidencia. Como señala Rancière:

Hay interrupciones: momentos en que se detiene una de las máquinas que hacen funcionar el tiempo –puede ser la del trabajo, o la de la Escuela. Hay asimismo momentos donde las masas en la calle oponen su propio orden del día a la agenda de los aparatos gubernamentales. Estos “momentos” no son solamente instantes efímeros de interrupción de un flujo temporal que luego vuelve a normalizarse. Son también mutaciones efectivas del paisaje de lo visible, de lo decible y de lo pensable, transformaciones del mundo de los posibles (2010, 9).

Pensar la disidencia con-desde-a partir de dos de los movimientos emblemáticos de la resistencia creativa de la historia contemporánea de México, es el ejercicio que intenta problematizar de un lado, la enorme dificultad de salir del pensamiento teleológico y al mismo tiempo, el de traer al horizonte de los imposibles, la contribución –indudable- a las formas de nombrar lo posible. El devenir acontecimiento de otros relatos, otras voces que han sido capaces de hacer venir la imaginación de otro mundo posible, porque “si no ardemos juntos quién iluminará esta oscuridad”.


Rossana Reguillo es Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara y Centro de Investigación y Estudios en Antropología Social (CIESAS). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel III. Miembro de la Academia Mexicana de las Ciencias. Egresada de la Maestría en Comunicación del ITESO. Profesora - investigadora en esta misma institución. Fue Titular de la Cátedra Andrés Bello NYU (2011). Ha sido profesora invitada en diversas universidades latinoamericanas y en Estados Unidos; sus temas de investigación giran en torno a las culturas urbanas, vida cotidiana y subjetividad, construcción social del miedo, jóvenes, violencia y narcotráfico. Culturas Juveniles. Formas Políticas del Desencanto (Siglo XXI, 2012) es uno de sus libros recientes.


Notas

1 Este no es un ensayo o análisis sobre el zapatismo o el movimiento #YoSoy132, es una pieza inconclusa que intenta reflexionar sobre la disidencia, sus rostros, sus reversos, sus fantasmas.

2 Occupy the imagination. Tales of seduction and resistance. Trailer disponible en http://vimeo.com/62362177

3 Refiero al lector interesado al tráiler del documental de la realizadora Afra Mejía “Las preguntas del caracol”, porque considero que ella colocar las preguntas claves del devenir acontecimiento del zapatismoy su relación con los procesos subjetivos de la gente que estuvo o ha estado involucrada con el movimiento: http://www.youtube.com/watch?v=r9HSIKbEXtU

4 Para una descripción a fondo de estos acontecimientos remito al lector interesado a la crónica que escribimos la periodista Daniela Rea y yo, #Yosoy132: la primavera mexicana, disponible en http://www.revistaanfibia.com/cronica/yosoy132-la-primavera-mexicana-2

5  “No es la revolución Facebook o Twitter, es una nueva capacidad tecnopolítica”, Entrevista disponible en http://madrilonia.org/2013/04/no-es-la-revolucion-facebook-o-twitter-es-una-nueva-capacidad-tecnopolitica-entrevistamos-a-toret/

6 See: http://datanalysis15m.wordpress.com/

7 La importancia del “como si” de la libertad, la justicia y la igualdad es extraordinariamente analizada por Benjamin Artidi (2012), “Las insurgencias no tienen un plan –ellas son el plan: performativos políticos y mediadores evanescentes en 2011”.

8 Elaboré esta noción en mi investigación sobre las explosiones de gasolina en Guadalajara en 1992, para dar cuenta precisamente de la importancia de analizar un movimiento en su devenir acontecimiento (Reguillo, 1996)

9 Ver a este respecto el trabajo de Victor Vich (2004)

10 Aquí puede consultarse el visor interactivo de emociones principales en torno al #!5M: http://assets.outliers.es/15memociones/

11 En una línea analítica spinoziana quien considera que las emociones no se reducen a relaciones binarias o de oposición (odio-amor) o duales (miedo-esperanza) sino que se articulan  siempre en sistemas complejos; para Spinoza hay una economía política de los afectos donde el amor u odio que una terceridad provoca a la “cosa” de mis afectos, deriva en un sistema complejo de emociones, que el autor definió como terceridad. Ver Reguillo (2000) para un análisis antropológico o Kamisky (1998), para una aproximación filosófica.


Obras Citadas

Arditi, Benjamin. 2012. “Las insurgencias no tienen un plan –ellas son el plan: performativos políticos y mediadores evanescentes en 2011”. Debate Feminista, año 23, No. 46, pp146-169, México.

Benjamin, Walter. 2012. Denkbilder, Imágenes que piensan. Madrid: Abada Editores

Derrida, Jacques. 2003. Fe y saber. Buenos Aires: Ediciones de la Flor

Grimson, Alejandro. 2011. Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad, Buenos Aires:Siglo XXI.

¡Indignaos! Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica!. Prólogo de José Luis Sanpedro. Barcelona, Ediciones Destino.

Hessel, Stéphane. 2011a. ¡Indignaos! Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica!. Prólogo de José Luis Sanpedro. Barcelona: Ediciones Destino.

----2011b. ¡Comprometeos! Conversaciones con Gilles Vanderpooten. Barcelona, Ediciones Destino

Kaminsky, Gregorio. 1998. Spinoza: la política de las pasiones. Barcelona, Gedisa.

Rancière, Jacques. 2010. La noche de los proletarios: archivos del sueño obrero, Buenos Aires, Tinta Limón.

Reguillo, Rossana. 2000. “Los laberintos del miedo. Un recorrido para fin de siglo”, en Revista de Estudios Sociales, No.5, pp. 63-72, Bogotá.

---- (1996), La construcción simbólica de la ciudad. Sociedad, desastre, comunicación. México, ITESO/Universidad Iberoamericana.

Rosenau, James N. 1990. Turbulence in world politics. A theory of change and continuity, New Jersey, Princenton University. 

Savater, Amador. 2011. “El arte de esfumarse; crisis e implosión de la cultura consensual en España”, disponible en

http://blogs.publico.es/fueradelugar/files/2011/04/cultconsensual.pdf

Turner, Víctor. 1988.  El Proceso Ritual. Estructura y antiestructura. Madrid, Taurus.

Vich, Víctor. 2004. Desobediencia simbólica. Performance, participación y política al final de la dictadura fujimorista, en Alejandro Grimson (coord), La cultura en las crisis latinoamericanas. Buenos Aires, CLACSO.