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[Página 2: Eréndira a caballo. Acoplamiento de cuerpos e historias en un relato de conquista y resistencia por Ana Cristina Ramírez Barreto]

 

Eréndira, hija de Timas, guerrero rebelde y ex-consejero del monarca, impidió el sacrificio y pidió para sí el caballo, al cual aprendió a montar en Capacuaro, en la ribera oriental del Lago de Pátzcuaro (sic). Nanuma, general de Tzimtzicha quien deseaba someter a Eréndira como esposa o como esclava, dirigió un ataque sorpresivo contra la mansión de Timas en Capacuaro. Asesinaron a Timas y se repartieron sus posesiones y mujeres. Sorpresivamente para los atacantes Eréndira salió montada a caballo; defendió su vida y escapó a los bosques. La tercera parte termina con estas palabras:

Nanuma escogió su botín, a Eréndira, que si no había querido ser su esposa ahora sería su esclava.

Arreglado el reparto todos se apresuraron a penetrar en el aposento para tomar posesión de su presa.

En aquel instante una blanca visión, como la imagen divina de un sueño, apareció en el umbral. Era la hermosa doncella, montada en fantástico corcel, que se abrió paso ente los asesinos, derribando a Nanuma.

Ligera como el viento desapareció entre la espesura de los pinos.

El corcoví batió sus alas, brincó de rama en rama y murmuró trinos de alegría.

Al mismo tiempo el sol brotaba en el Oriente, llenando el mundo de efluvios luminosos (Ruiz 1891-1900:529).

Continúa el relato con la conquista espiritual de los remanentes de la población y un incendiario discurso de Eréndira:

Aún permanecía el pueblo en la extensa plaza, aclamando a sus salvadores [los sacerdotes franciscanos recién llegados de México], cuando en lo alto de la yácata apareció Eréndira, tinto de rojo por la indignación, el virginal semblante.

—¡Purépecha!  —exclamó con voz trémula, pero con acento poderoso. —Antes vimos a los españoles que vinieron a arrebatarnos nuestros tesoros y nuestras tierras; hoy miramos a estos hombres que llegan como mendigos a apoderarse de los niños como si fuesen huérfanos, a destruir nuestros dioses y a imponernos una religión extraña. ¿Qué nos quedará entonces? (Ruiz 1891-1900:535-536).

Casi sin transición, Ruiz hace que tiempo después Eréndira intervenga en un momento crítico de la evangelización, como traductora e intérprete de las palabras del misionero franciscano Fray Martín de la Coruña y evitando así que la muchedumbre lo linchara por profanar un templo (Ruiz 1891-1900:483-552). Si Hernán Cortés halló entre las esclavas a la Malinche, "la lengua" que le permitiría penetrar el secreto de estas tierras (Glantz 1994:91-114), a Fray Martín lo halló y lo salvó una lengua libre, que libremente intercede por él, primero por piedad y luego por pasión. En líneas bastante crípticas Ruiz describe un enamoramiento mutuo que alcanzaba el delirio. Según Ruiz, Fray Martín se eleva a la santidad al rechazar la relación sexual con Eréndira a quien tenía desnuda a un lado, apasionada y ya bautizada8:

De improvisto, el fraile se desprendió de lado de Eréndira, se hincó de rodillas en medio del aposento, puso sus brazos en cruz, e inclinando su frente, elevó al cielo una plegaria tan fervorosa, despegó de tal manera su alma de los deleites de la tierra, que Dios coronó sus sienes con la diadema de su amor y lo colmó de bendiciones; "le quitó los impulsos de la carne y lo dejó tan puro, que obraba estando en ella como si no estuviera" [cita a La Rea, Crónica de la Provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán].

Cuando Fr. Martín se levantó del suelo había dejado de ser hombre y se había convertido en ángel.

Eréndira, postrada en el lecho, vertía abundantes lágrimas y sollozaba tan lastimosamente, como si el corazón se le estuviese haciendo pedazos.

En aquel momento la bóveda celeste se cubría de estrellas, y la luna se alzaba en el horizonte como una hostia de castidad (Ruiz 1891-1900:549).

La castidad elegida por Fray Martín afecta a una Eréndira que Ruiz imagina apasionada y libre también en su deseo erótico. En ella la castidad es un efecto (no buscado pero aceptado) del límite que Fray Martín se impone a sí mismo (su voto de celibato). El escritor michoacano coloca así a Eréndira en lo que parece ser un impecable plano de emancipación erótica acotado por el respeto a las creencias religiosas de su amado. Ni puta ni mocha. Libre pero impedida circunstancialmente para satisfacerse sexualmente con su amado –y por tanto "pecar" o procrear mestizos. 

La versión que incluye Jesús Romero Flores en su Diccionario Michoacano de Historia y Geografía es mucho más escueta, lacónica y corta el relato en la cabalgata de Eréndira:

Poco tiempo después la fortaleza volvió a ser atacada de improviso y muerto el valiente guerrero Timas. En lo más encarnizado de la lucha apareció entonces la bella Eréndira montada en el brioso corcel blanco, y abriéndose paso con su arma, que blandía diestramente, mató al jefe traidor Nanuma, que deseaba apoderarse de ella y por quien sentía, desde tiempo atrás, una violenta pasión. Veloz como el viento Eréndira se perdió en la espesura de los bosques que rodean a Pátzcuaro, sin que volviera a saberse nada de esta valiente mujer, que prefirió la muerte a caer en manos de los invasores de la patria (Romero Flores 1960:186).

Curiosamente, conforme se acercan a nuestros días las versiones nos pintan a una Eréndira mucho más aguerrida que la de Ruiz; ya no sólo escapa a caballo atropellando a Nanuma, sino que va armada y lo mata. Hay otras narrativas literarias del mismo episodio, contemporáneas, que incluso mencionan una guerrilla constante y sostenida contra los invasores y sus aliados9. Para todas ellas, la fuente principal de inspiración son pasajes del relato de Ruiz o las imágenes pintadas en los muros de Pátzcuaro en la cuarta década del siglo XX. 

Las palabras pueden expresar con bastante nitidez algunos atributos y valores implicados en el episodio. Pero otros significados no están en el mismo registro que el discurso literario y, aunque pueden omitirse en éste, no pueden obviarse en el registro plástico: ¿Cómo monta Eréndira? Ningún escrito ha explicitado la posición corporal de la heroína. Por muy ingeniosos y variados que sean, los relatos literarios basados en el de Ruiz reproducen el mismo punto ciego y no dicen si montaba "a mujeriegas" y por qué o a horcajadas y con qué implicaciones.

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