De #BlackLivesMatter a la liberación negra de Keeanga-Yamattha Taylor

Taylor, Keeanga-Yamattha. 2017. De #BlackLivesMatter a la liberación negra. Buenos Aires: Tinta Limón Ediciones. 377 páginas; $390.00 ARS / $21.60 USD.

Taylor abre el prólogo mencionando que estamos ante su primer libro y que lo escribió y publicó en tiempo récord. Esa urgencia, intuyo, se deduce de su intención de intervenir en el territorio tenso e intenso que, desde 2013, se fue generando en torno a las relaciones raciales en Estados Unidos. Sin embargo, pese a su hechura acelerada (que ocupó todo el 2015) De #BlackLivesMatter a la liberación negra no es un libro simple ni superficial; tampoco salda debates a las apuradas ni muere en la orilla de las crónicas. En cambio, da cuenta de un delicado trabajo de articulación conceptual basado en una documentación minuciosa que procura pensar la efervescencia política afroamericana y proponer algunos caminos para que aquella tenga futuro. Es un libro a dos velocidades: elaboración rápida y análisis de largo aliento. Es un pensamiento que busca desacelerar para comprender las especificidades de los procesos de racialización, de los racismos y de los horizontes de liberación contemporáneos en Estados Unidos.

II

La investigación histórica se activa en el libro como genealogía de las condiciones que hicieron posible la emergencia de la secuencia activista actual, conocida como Black Lives Matter. Para eso se remonta a los años setenta, cuando el declive del Black Power “no regresó a los negros a un estado de neoesclavitud pero las esperanzas y expectativas sostenidas por el movimientos de los sesenta se volvieron esquivas” (103). En ese sentido, el detallado análisis de Taylor sobre el desmantelamiento nixoniano del Estado de bienestar y las políticas de Lyndon Jonhson, que gracias a las luchas de los afroamericanos habían producido avances en la desegregación y la inclusión durante los años sesenta, y de la (des)regulación reaganiana en beneficio de lógicas capitalistas neoliberales, permiten comprender la fisonomía de los procesos segregatorios de nuevo tipo que se inauguraron con la “revancha conservadora” (109).

Si los movimientos de las décadas pasadas habían vuelto imposible el uso discriminatorio basado en categorías directamente raciales, el reaganismo apeló a la construcción de abstracciones que eliminaran posibilidades sin herir sensibilidades. La cita que Taylor recoge de Lee Atwater, estratega de comunicación del Partido Republicano en 1981, es insuperablemente clara: “(…) ya no podés seguir diciendo ‘negro de mierda’ , eso te daña, te sale el tiro por la culata. Entonces decís cosas como ‘transporte público forzado’ o ‘derecho de los estados’, ese tipo de cosas, y te vas volviendo abstracto” (108). Es la larga marcha del daltonismo, la ceguera frente al color, que pretende que “a partir de la ausencia de un lenguaje racista se infiera la ausencia de una acción racista” (124).

Ese intento de cerrar la discusión sobre la persistencia de procesos de racialización que forjan asimetrías nocivas, presentando un escenario donde todos los individuos son iguales, es consustancial al momento neoliberal de intensificación de la competencia de mercado. No hay meritocratismo sin el silenciamiento, entre otros, de la dominación racializada. Tampoco sin la caracterización de los derechos (acciones afirmativas, reparaciones, planes y políticas sociales y, a la larga, de lo público en general) como privilegios, favores o gastos, un aspecto que Taylor despliega en detalle.

Por otro lado, una hipótesis fuerte del libro es que esas condiciones involucran directamente al devenir de la política negra desde el final de la secuencia Movimiento por los Derechos Civiles/ Black Power. Ese final habría tenido un hito inesperado: la Convención Política Nacional de 1972, organizada en Gary, Indiana. Taylor aborda en detalle esa experiencia sin precedentes, que “reunió al espectro completo de la política negra —desde los radicales y revolucionarios hasta los más de 2000 representantes elegidos. Fueron más de 8000 delegados” (165), y que pretendió dotar a la política afroamericana de ciertos acuerdos programaticos a ser vehiculizados en diferentes instancias de participación y decisión (territoriales, institucionales, comunitarias, electorales). Un gran logro de Taylor es permitir leer la Convención como el momento en que el Black Power empieza a declinar y aparece una capa de representantes electorales y funcionarios estatales afroamericanos que marcarán el pulso de la política negra de las décadas siguientes en un sentido muy diferente.

La autora analiza detalladamente esa representación política en el magistral capítulo “Rostros negros en lugares muy altos”, detectando en ella una clave de lectura que indica, por un lado, los límites de ese poder —electoral— negro en una coyuntura de deterioro urbano y endeudamiento financiero y, por otro, la progresiva solidaridad estructural con un sistema de poderes racistas. El balance sobre el Black Congressional Caucus va en ese sentido. Un aparato que cuanto más se autonomizó de las condiciones y conflictos de las mayorías negras, más servicial y peligroso se volvió. Allí se puede ver un límite de una política de las identidades racializadas que no ponga en cuestión los ordenamientos económicos dominantes.

III

Sobre esa combinación de estados endeudados, ciudades gobernadas por afroamericanos sometidos al poder financiero, brutalidad policial y precariedad laboral es el esquema sobre el cual Taylor entiende que avanza el nuevo activismo negro sintetizado en el nombre Black Lives Matter. Ese activismo fue abriéndose paso entre las cenizas y las frustraciones que dejó el fuego tenue de los ocho años de Obama, al que la autora dedica un capítulo (Barack Obama: el fin de una ilusión), para dejar sentado que los más de trescientos afroamericanos asesinados anualmente por las policías estadounidenses, los estallidos en Ferguson y Baltimore, la estigmatización de las mayorías negras pobres y la militarización de las fuerzas de seguridad internas también lo tienen como responsable.

En el primer capítulo (Una cultura del racismo) Taylor deja clara su posición en el pensamiento político afroamericano. El racismo es un componente de las relaciones de clase que conforman la economía capitalista desde la esclavitud, al tiempo que “a lo largo del siglo XX, cambiantes conceptos de raza fueron aplicados no sólo para justificar las relaciones de trabajo sino, más generalmente, para explicar los curiosos modos en que las experiencias de las vastas mayorías afroamericanas frustran la narrativa central de Estados Unidos como lugar de oportunidades, libertades y democracia sin restricciones” (57).

Esa ambivalencia política de la categoría raza, que enlaza a Taylor con el radicalismo negro de Hubert Harrison, Cyril Briggs, C.L.R. James, William Du Bois, Angela Davis y Robin Kelley, es la matriz que permite comprender el modo en que la autora participa del fenómeno Black Lives Matter, celebrando la emergencia del movimiento no sólo por su foco en la brutalidad policial sino por ser una posibilidad de construir una agenda política negra que cuestione y enfrente la desigualdad salarial, el hostigamiento de las máquinas recaudatorias, la discriminación financiera, la violencia sexista y racista. Y que interrogue fuertemente, gracias a un despliegue de organizaciones interseccionales de nuevo tipo, la eficacia (y la deseabilidad) “del control vertical del establishment de los derechos civiles” (305), encarnado en dirigentes como Al Sharpton o Jesse Jackson. En este punto es interesante que Taylor no repite el estribillo “millenialista” de una división generacional entre Black Lives Matter y las organizaciones previas: existen personas adultas en BLM y jóvenes en las organizaciones “clásicas”. Las diferencias son más políticas que generacionales.

En esa lógica interseccional se asienta también la posibilidad de combatir los sexismos, los machismos y otras consieraciones homogenizantes y jerarquizadas de la negritud; se trata de crear organizaciones que sean capaces de hacer convivir y accionar a toda la gran diversidad de negritudes que configuran la cartografía negra contemporáneo: “mujeres, hombres, trans y queer” (302).

Taylor destina varias páginas a otras preocupaciones organizacionales y estratégicas con el nuevo movimiento. Una, tal vez sorpresiva, tiene que ver con las fuentes de financiamiento, que llevan a la autora a sugerir ciertos recaudos, puesto que hoy día grandes corporaciones se muestran deseosas de financiar experiencias políticas, teniendo como consecuencias una profesionalización despotenciante y el paulatino control de sus líneas políticas. Otra apunta al carácter descentralizado y reticular que caracteriza (o caracterizaba hacia el 2015) a Black Lives Matter, que “pone preguntas respecto de cómo las acciones serán coordinadas” (309) y que puede convertirse en un “método difícil” para lograr que la gente se acerque al activismo antipolicial, al punto de arriesgarse a genera lo opuesto de lo que se propone: “angostar las oportunidades de compromiso democrático” debido al hermetismo que produce la falta de referencia central (308).

Una tercera preocupación refiere al foco excesivo sobre la violencia policial que definió la emergencia de BLM en el espacio político. Al respecto, Taylor propone la ampliación de los tópicos, especialmente hacia cuestiones obreras, que en el último capítulo (De #BlackLivesMatter a la liberación negra) aparecen de modo protagónico. La lucha sindical es, para la autora, el modo en que esas “luchas cotidianas a las que la mayoría de la gente está conectada actualmente deben ser conectadas a una visión más amplia respecto a cómo se vería un mundo diferente” (373). Ese esbozo de visión a futuro tiene que alimentarse de discusiones sobre la propiedad, la presencia en las instituciones de la democracia —y la propia democracia—, los recursos y modos de gestión comunitaria. Una agenda urgente desde hace varios años, que la victoria de Trump hace todavía más necesaria, y cuyo despliegue no dejaría de ser un victoria antropológico, o acaso “¿es esta sociedad neoliberal, gentrificada, carísima y sin recursos lo mejor que nuestra especie puede crear?” (373).

IV

Para concluir, quiero hacer dos señalamientos: uno sobre los contenidos del libro y otro sobre mi posición como lector (y traductor) argentino.

En cuanto al primero, habría sido muy interesante leer a Taylor tratar tres tópicos no explorados en el libro: la expansión de un racismo plebeyo, popular y blanco que ha ido aumentando su visibilidad y su poder de fuego; las incidencias de la cultura popular afroamericana —sus artes, sus estéticas, sus organizaciones, su consumo— en las posibilidades de estas nuevas figuras de la política, y el análisis de experiencias de activismo afroamericano locales y regionales.

En cuanto al segundo, cabe decir que Estados Unidos es un país donde las diferencias racializadas (no sólo la negritud) han sido hipervisibles, al punto tal que es imposible pensar a Estados Unidos por fuera de esa hipervisibilización. Otra es la situación argentina, donde esas jerarquías, no menos eficaces, no tienen aún una tematización política intensa. Si bien el libro se enfoca exclusivamente en la situación de las mayorías negras estadounidneses, el esquema puede servir para no mirar a Estados Unidos únicamente desde la óptica del monstruo imperialista y para aprovechar todo un bagaje de recursos políticos prácticamente invisibles desde Argentina. En las poblaciones afroamericanas existen profusas elaboraciones de su condición, perspectivas estratégicas, hipótesis de futuros, mundos deseables. Este libro, su traducción, podría aportar a la posibilidad de unos puentes activistas y analíticos gracias a los que Estados Unidos y Argentina ya no queden tan lejos unos de otra.


Ezequiel Gatto es ensayista, investigador, activista y docente. En sus investigaciones procura abordar procesos sociales desde perspectivas que reconocen su multiplicidad, ambigüedad y heterogeneidad explorando, asimismo, sus posibilidades en términos de recursos para configuraciones sociales más justas. En diversos artículos y en su tesis doctoral ha analizado los modos en que la cultura, música, política y economía participan en la configuración de experiencias de negritud en los Estados Unidos desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. Actualmente investiga aspectos teóricos y etnográficos ligados a la cuestión de las futuridades, entendiendo por ello los diferentes modos en que las sociedades actuales se vinculan con el devenir. Es Profesor de Teoría Sociológica e integrante del Grupo de Investigación en Futuridades y del Club de Investigaciones Urbanas.

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