Foto: Diana Taylor
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Trauma, memoria y performance: un recorrido por Villa Grimaldi con Pedro Matta

Abstract:
This essay explores a guided visit to Villa Grimaldi, a former torture and extermination camp on the outskirts of Santiago de Chile. Through the lens of the author’s camera and her relationship with the guide of the walking tour, the survivor Pedro Matta, the essay examines the affinities between trauma and performance as experiences that always happen in the present and are based on repetition. Through the analysis of issues such as memory, testimony, embodied practices, affect, history, and identity, the essay reflects on the guided visit as a multilayered phenomenon in which the personal, interpersonal, social, and political come together, considering trauma as a durational performance.

Pedro Matta, de contextura alta y fuerte, caminó hacia nosotros cuando llegamos a la sencilla entrada lateral de Villa Grimaldi, un antiguo campo de tortura y exterminio ubicado a las afueras de Santiago de Chile. Él es uno de los sobrevivientes que una o dos veces al mes realiza una visita guiada para personas que quieren saber sobre el lugar. Pedro saluda a Soledad Fallabella y a Alejandro Gruman, un par de colegas míos en Chile a quienes se les ocurrió que debido a mi trabajo con grupos de derechos humanos en Argentina me interesaría conocer a Matta.[1] Él me saluda y me entrega la versión en inglés de un libro que escribió: “A Walk Through a 20th Century Torture Center: Villa Grimaldi, A Visitor’s Guide”, que traducido al español sería,“Recorrido por un centro de tortura del Siglo XX. Villa Grimaldi, Guía para visitantes”. Le digo que soy mexicana y hablo español. “Ah”, dice él, con los ojos entrecerrados mientras me escudriña con la mirada, “Taylor, me lo imaginé…” Los cuatro caminamos hacia los barracones. Pregunto si puedo tomar fotografías y registrar la visita, él dice que claro. Sostengo el folleto y mi cámara—Alejandro sostiene mi grabadora digital. He venido preparada para mi visita.

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Entrada de Villa Grimaldi.

Foto: Diana Taylor

El lugar es bastante grande. Parece un lugar en ruinas o en obra, hay algunos viejos escombros e indicios de nuevas construcciones, un espacio de transición entre el pasado y el futuro. Por diversas razones es muy difícil hacerse una idea de dónde estamos. Un cartel en la entrada, Parque Por la Paz Villa Grimaldi, informa a los visitantes que entre 1973 y 1979, cuatro mil quinientas personas fueron torturadas aquí y doscientas veintiséis fueron desaparecidas y asesinadas. Tomo una fotografía del cartel que nos recuerda que este lugar es a la vez un campo de tortura, un monumento y un parque por la paz. Al igual que muchos otros monumentos, nos recuerda que esta trágica historia nos pertenece a todos, nos pide comportarnos con respeto, con el fin de que éste se conserve y siga enseñando. La primera lección, obviamente, es que este lugar es “nuestra” responsabilidad en varios sentidos.

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Cartel a la entrada de Villa Grimaldi: “Parque por la Paz Villa Grimaldi”.

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“Por aquí, por favor”. Matta, un hombre formal, nos lleva hasta la pequeña maqueta del campo de tortura para ayudarnos a visualizar el arreglo arquitectónico de un lugar que ya no existe: Cuartel Terranova. La maqueta yace, como un ataúd, bajo un gran toldo plástico. Al igual que en muchos lugares de importancia histórica la maqueta ofrece una vista panorámica del lugar. La diferencia aquí es que lo que vemos en la maqueta ya no está ahí. El espacio de muerte que visitamos es uno que no podemos ver y que nunca llegaremos a conocer realmente salvo a través de diversas mediaciones. Aunque estemos presentes, no viviremos la experiencia ‘en carne propia’. Entonces, podemos preguntarnos, ¿cuál es el objetivo de la visita? ¿Qué experiencia podemos tener al estar físicamente en un campo de muerte una vez que los indicadores han desaparecido? ¿Acaso el espacio en sí transmite los hechos? Muy poco, aparte del cartel de la entrada, explica el contexto. Es posible que mis fotografías ilustren lo que este lugar es, pero no lo que fue. Aún así, aquí estamos en persona con Matta quien nos lleva a hacer el recorrido. Matta habla español; eso hace la diferencia. Parece relajarse un poco, aunque forza un poco la voz y aclara la garganta a menudo.

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Maqueta del Centro Clandestino de Detención y Exterminio Villa Grimaldi en el patio del Parque.
Foto: Diana Taylor

Los barracones, que originalmente eran una hermosa villa del siglo XIX utilizada por la alta sociedad para celebrar sus fiestas y pasar sus fines de semana, fue tomada por la DINA [Dirección de Inteligencia Nacional], las fuerzas especiales de Augusto Pinochet, para interrogar a los detenidos por los militares durante las masivas redadas.[2] Fueron tantos los capturados que muchos lugares civiles, comunes y corrientes, fueron transformados en centros de concentración provisionales. Villa Grimaldi fue uno de los más infames. A finales de la década de 1980, uno de los generales la vendió a una compañía constructora para que fuera demolida y reemplazada con un proyecto de vivienda. Ni los sobrevivientes ni los activistas de derechos humanos pudieron detener la demolición, pero después de una acalorada controversia lograron asegurar el espacio como lugar de memoria y parque por la paz en 1995.[3] Matta, entre otros, ha dedicado gran cantidad de tiempo, dinero y energía para asegurarse de que el espacio siga siendo un recordatorio permanente de lo que el gobierno de Pinochet le hizo a su pueblo. Tres épocas con tres historias coinciden en este espacio que incluso ahora tiene múltiples funciones: conmemorativas, testimoniales, pedagógicas y de reconciliación.

El campo de exterminio en miniatura nos ubica como espectadores. Estamos sobre el campo, mirando su estructura organizativa. La entrada principal, arriba a nuestra izquierda, permitía el paso de vehículos que llevaban a los cautivos encapuchados hasta el edificio principal. Las palabras de Matta y nuestra imaginación habitan el espacio inerte. Él señala la diminuta réplica del gran edificio principal que servía como Cuartel General de la DINA en el Gran Santiago, donde se planificaban las operaciones de detención de personas, se guardaban los archivos, funcionaba la estructura militar que efectuaba la evaluación del resultado de los interrogatorios bajo tortura y operaba una central de radio de onda corta con capacidad de comunicación con toda América del Sur. Las oficinas del Comandante del centro de tortura y su equipo de ayudantes estaban ubicadas aquí junto con un comedor para oficiales y otro para agentes de la DINA. Luego están los pequeños edificios ubicados a lo largo del perímetro a la izquierda, donde les vendaban los ojos a los prisioneros y los separaban según el género. Hay una hilera de dibujos en miniatura hechos por los sobrevivientes: prisioneros encapuchados empujados por los guardias con rifles hacia sus treinta segundos en las letrinas; un corredor de pequeñas celdas cerradas con candado custodiadas por hombres armados; un dibujo en primer plano de una de las celdas en donde figuran una media docena de hombres encadenados, encapuchados y apretujados; una cámara de tortura vacía con apenas una litera desnuda equipada con correas de cuero, una silla con correas para pies y manos, una mesa con instrumentos. Los objetos sirven como referencia de conductas. Sabemos exactamente lo que pasó allí/aquí. Matta señala las demás estructuras de la maqueta. Es claro que la maqueta le da una sensación de control, ya no tiene necesidad de revivir la imagen para describirla, puede exteriorizarla y mostrarla. En cierto sentido la violencia puede ser archivada y materializada en la pequeña maqueta que sirve como evidencia. Él es explícito con respecto a la violencia y muy claro al condenar el papel de la C.I.A. en la crisis chilena. Matta me mira y recuerda que no pertenezco a ese público, a un público sí pero no a ese público.

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Acercamiento a la maqueta de Villa Grimaldi: edificio principal y dibujos de las víctimas y los abusos efectuados en el campo de exterminio.
Foto: Diana Taylor

Al mirar la maqueta, veo que estamos parados donde estaba el edificio principal, usurpando el lugar de los militares. Observar nos ofrece la extraña fantasía de ver o entender el sistema criminal desde una posición exterior y elevada. Se nos permite identificar el problema sin identificarnos con él. Esto sucedió en ese lugar, en aquél entonces, a ellos, y fue perpetrado por ellos…El encuentro, en este momento, es sobre la representación y la explicación de los hechos. La maqueta, hecha por los sobrevivientes, representa la evidencia. La maqueta o “imitación” ofrece a los demás una visión de la ‘verdad’ de Terranova. Tomo fotografías, preguntándome si el tenue poder de la foto como evidencia puede enfatizar el poder de reclamo que exige la maqueta. Sabemos lo que sucedió en Villa Grimaldi, claro, pero ¿acaso hay algo que Matta (o yo, con mi cámara) podamos hacer para hacer visible la violencia criminal? La ‘otra’ violencia, las políticas económicas que han justificado y posibilitado el desmembramiento de cuerpos, sigue estando a salvo, lejos de la mirada.

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Reproducción de las celdas utilizadas para los prisioneros de Villa Grimaldi.
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Miramos y analizamos el ‘lugar en sí’—vaciado aunque no vacío: vacío de algo palpable por su ausencia. Los restos de unas pocas estructuras originales, las réplicas de las celdas de aislamiento y la torre, todos desperdigados por los barracones. Con el campo demolido, Matta informa y señala, pero no parece tener una conexión ni personal ni emocional con lo que describe. Los objetos han sido reconstruidos y puestos para realzar la narración: esto sucedió aquí. Me imagino a algunos visitantes tratando de apretujarse entre esas diminutas celdas verticales. Incluso puede que le pidan a alguien que les cierre la puerta. ¿Es que acaso simular lo ocurrido permite que las personas sientan o vivan el terror en este lugar con mayor intensidad que sólo recorriéndolo? Los ritos con aislamiento sensorial preparan a los miembros de la comunidad para las transiciones sagradas o difíciles al inducir diversos estados mentales. La idea básica de que las personas aprenden, experimentan y asumen las conductas futuras/pasadas viviéndolas, probándolas, representándolas y actuándolas es la teoría subyacente del ritual, más antigua que la teoría de la mímesis de Aristóteles y tan nueva como las teorías de las “neuronas espejo” que exploran cómo la empatía y la comprensión de lo relacional e intersubjetivo son vitales para la supervivencia humana (Gallese, 2001). Pero para mí, estas celdas reconstruidas tienen un carácter de parque de diversiones y me mantengo alejada. Al seguir a Matta de un lugar a otro, es claro que esta escenografía no me ayuda a relacionarme con lo que pasó. Por el contrario, cuanto menos vea más logro imaginarme lo que sucedió aquí. Mi imaginación, mi propia zona de escenificación, interioriza la violencia, llena los vacíos entre el testimonio realista de Matta y las aterradoras cosas que él narra.

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Fuente por la paz: “símbolo de vida y esperanza”, según el folleto de Pedro Matta sobre Villa Grimaldi.
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Matta nos guía hacia la entrada original, la gigantesca puerta de hierro que ahora está permanentemente cerrada, como dejando afuera la posibilidad de más violencia. Desde esta posición estratégica, es claro que ha sido agregada otra capa al espacio. Una capa de azulejos decorativos, trozos de la cerámica original encontrada en el lugar, forma una inmensa flecha sobre el suelo que apunta en dirección contraria a la entrada, hacia la nueva 'fuente por la paz' ("símbolo de vida y esperanza" según el folleto de Matta) y hacia un gran pabellón de performance. La arquitectura participa en la rehabilitación del lugar. El diseño en forma de cruz nos lleva de un pasado criminal a un futuro de redención. Matta ignora que por el momento, no está en el parque por la paz. Ésta no es la hora de la reconciliación. Su traumática historia, al igual que su pasado, aplasta cualquier posibilidad de futuro. Él continúa su recorrido por el campo de tortura.[4]

Matta habla de manera impersonal, en tercera persona, acerca del papel de la tortura en Chile. Medio millón de personas torturadas y cinco mil asesinadas entre una población de ocho millones. Yo hago los cálculos…Hubo muchas más torturas y menos asesinatos en Chile que en Argentina. uno de 16. Él habla del desarrollo de la tortura como una herramienta del estado desde su primera fase experimental hasta la práctica probada y altamente precisa en que se convirtió. Pinochet eligió destrozar a sus ‘enemigos’ en lugar de eliminarlos, la población de fantasmas o personas destrozadas por la tortura y devueltas a la sociedad sería una advertencia para los demás. El tono de Matta es controlado y reservado. Está dando información histórica, no un testimonio personal. Describe el funcionamiento diario del campo, y la forma en que se transformó el lenguaje: Las palabras ‘crímenes’, ‘desaparecidos’ y ‘dictadura’ eran reemplazadas por ‘excesos’, ‘presuntos’ y ‘gobierno militar’.

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Fragmentos de azulejos de cerámica. Indica el lugar donde estaban ubicadas las “Celdas de Mujeres Detenidas”
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A medida que caminamos, él describe lo que sucedía en cada lugar y me doy cuenta de que mantiene la mirada en el suelo, un hábito que adquirió de tanto tratar de atisbar por debajo de la venda que lo forzaron a usar. El cambio es gradual, él empieza a reescenificar muy sutilmente a medida que vuelve a contar. Me siento obligada a registrar el momento, tomo una fotografía como si pudiera captar el movimiento hacia el interior del espacio oscuro en el que estamos parados pero que no podemos ver. Matta se adentra más en el campo de la muerte—aquí, señalando un lugar vacío: “Casi siempre inconcientes, las víctimas eran sacadas de la parrilla (marco de una cama de metal), y si eran hombres, los arrastraban hasta aquí.” (2000, 13). Tal vez el lente pueda captar lo que yo no logro captar. Al mirar hacia abajo, veo los fragmentos de azulejos de cerámica de colores y las piedras que ahora marcan los lugares donde una vez hubo construcciones y los senderos por donde las víctimas eran empujadas hacia las cámaras de tortura. Al seguirlo, nosotros también sabemos por donde vamos si mantenemos la mirada en el suelo: “Sala de tortura”. “Celdas para mujeres detenidas”.

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Fragmentos de azulejos de cerámica. Indica el lugar donde estaba ubicada la “Sala de Tortura: Camas Metálicas de Electricidad. Parrilla.
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Sigo sus movimientos pero también su voz, que me atrae. Poco a poco, hay un cambio en los pronombres que utiliza: ellos los torturaban se trasforma en ellos nos torturaban. Nos lleva más cerca. Su performance anima el espacio y lo mantiene vivo. Su cuerpo me conecta con lo que Pinochet quería desaparecer, no sólo el lugar sino el trauma. La presencia de Matta representa el reclamo, lo personifica, le da cuerpo. Él ha sobrevivido para contar. Estar en el lugar con él nos transmite una sensación muy distinta de los crímenes que simplemente observar la maqueta. Caminar por Villa Grimaldi con Matta nos hace revivir el pasado. Ahora. Aquí. Y en muchas partes del mundo en este preciso momento. No puedo pensar en otra cosa, clavada a este lugar que de repente se ha reactivado como práctica. Me doy cuenta de que yo también formo parte de este escenario; no necesito encerrarme en la celda para participar. Lo he acompañado a él aquí. Mis ojos ‘desarmados’, como los de Matta, miran directo hacia abajo, de manera mimética más que reflexiva. En realidad no veo; imagino. Yo presencio (como verbo activo). Cognición corporizada, es el nombre que le han dado a esto los neurocientíficos, pero nosotros en el teatro lo hemos entendido siempre como mímesis y empatía: aprendemos y absorbemos especularmente el mundo. Participo no en los hechos sino en lo que Matta transmite de la carga afectiva de éstos. Mi presenciar no me ofrece una sensación de control, ni la posibilidad de entender. Él camina, se sienta, cuenta. Al llegar al muro conmemorativo, marcado con los nombres de los muertos (construido veinte años después de los violentos sucesos), se derrumba y llora. Llora por los que murieron pero también por los que sobrevivieron. “La tortura”, dice él, “destruye al ser humano. Yo no soy la excepción. Fui destruido por la tortura”. Éste es el clímax del recorrido. El pasado y el presente se unen en este reconocimiento. La tortura funciona en el futuro; ejecuta la posibilidad misma del futuro. El lugar de tortura es de transición pero la tortura en sí es transformativa—convierte las sociedades en lugares aterradores y a la gente en zombies (Godoy-Anativia, 1997).

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El Árbol de la memoria de Villa Grimaldi. Es unas de las varias obras conmemorativas en Villa Grimaldi.
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Cuando Matta se retira del muro conmemorativo su tono vuelve a cambiar. Ha abandonado el espacio de la muerte. Ahora es más personal e informal en su interacción con nosotros. Hablamos sobre cómo otros sobrevivientes han lidiado con su trauma, acerca de las similitudes y diferencias con otros centros de tortura y campos de concentración. Él dice que necesita regresar porque eso para él constituye volver a visitar a sus amigos, a sus compañeros que murieron o que desaparecieron en ese lugar. Además cada vez que viene a Villa Grimaldi con grupos de personas interesadas en el tema, siente que está haciendo lo que desearía que uno de sus amigos hubiera hecho si él hubiera sido el muerto o desaparecido: no olvidar. Después regresa a casa agotado por el esfuerzo mental y por la tensión emocional. La forma que tiene de recuperarse es prepararse un litro de jugo de frutas, bebérselo y posteriormente irse a la cama a dormir, donde no despierta sino hasta la mañana siguiente. Seguimos caminando, pasamos la réplica de la torre de agua donde los prisioneros más importantes eran aislados, pasamos la “sala de la memoria”, uno de los pocos edificios originales que quedaron y que servían como salas de fotografía y serigrafía. En el estanque, también original, Matta narra una de las más escalofriantes historias que le contó uno de los colaboradores. En el árbol de la memoria, él toca los nombres de los muertos que cuelgan de las ramas como hojas. Distintas obras de arte conmemorativas nos recuerdan que ‘el olvido’ está lleno de memoria. Y desde luego, el siempre optimista ‘Nunca más’. Matta apenas advierte la fuente; a todas luces la idea del gobierno reproduce el elemento cristiano de la redención.

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Acercamiento del Muro de la memoria en Villa Grimaldi. Se enumeran las víctimas que atravesaron por el Campo de Detención y Exterminio.
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Después de abandonar el sitio, invitamos a Matta a almorzar a un restaurante cercano que él nos recomienda. Nos cuenta sobre su arresto en 1975 por ser estudiante activista, su época como prisionero político en Villa Grimaldi, su exilio a los Estados Unidos en 1976 y su trabajo como detective privado en San Francisco, hasta su regreso a Chile en 1991. Utilizó sus destrezas como investigador para recopilar toda la información posible sobre lo que sucedió en Villa Grimaldi, para identificar a los prisioneros que pasaron por allí y para nombrar a los torturadores destinados allí. Un día, dice él, estaba almorzando en este mismo restaurante después de una de las visitas a Villa Grimaldi cuando un extorturador entró y se sentó en la mesa de al lado con su familia. Lo estaban pasando tan bien. Se miraron el uno al otro y Matta se levantó y se marchó.

Después Soledad me contó que Matta siempre hace la visita de la misma forma, se para en el mismo punto, recuenta los mismos hechos, llora en el muro conmemorativo. A algunos comentaristas esto les parece extraño, como si la rutina volviera sospechoso el sentimiento. ¿Son reales las lágrimas?¿Una y otra vez? ¿Hay algo falso en la performance? ¿Es Matta un sobreviviente profesional del trauma? ¿Soy yo su testigo?¿Su público?¿Una voyerista del turismo del trauma?¿Qué clase de escenario es éste? ¿Es el trauma, al igual que la performance, conocido por la naturaleza de sus repeticiones: nunca por primera vez? Para mí lo interesante es la forma en que la performance del trauma de Matta es en sí parte de un proyecto rememorativo y testimonial mucho más grande, uno que él imagina totalmente que lo excederá y lo sobrevivirá.

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Camino al Parque de la paz de Villa Grimaldi.
Foto: Diana Taylor

El Parque de la Paz, yo diría que es un lugar muy performado. La historia tan violentamente refutada de prácticas espaciales sigue regresando a perturbar el presente. Como testimonio, Villa Grimaldi demuestra el papel predominante del lugar en la memoria individual y colectiva. Lo que le suceda a ese espacio equivale a lo que les sucede a los chilenos al entender la dictadura: ¿será que la gente reprime, recuerda, trasciende u olvida? Las opiniones divididas sobre lo que debía hacerse con este lugar replican las propuestas más notables sobre el uso público del espacio: demolerlo para sepultar la violencia; construir un parque conmemorativo para que la gente se entere de lo que sucedió allí; superar la violencia realizando eventos culturales en el pabellón; olvidar este desolado lugar, olvidar este lamentable pasado. En ningún momento se habla de justicia ni de reparación.

Pedro Matta
Guía para visitantes escrito por Pedro Matta. Autopublicada, 2001.

Matta, desde luego, ha tenido una importancia fundamental en la construcción de la evidencia, él ha investigado y ha ayudado a recopilar información de lo que sucedió en Villa Grimaldi; él se esforzó para que el lugar fuera conservado como un sitio conmemorativo. Él ayudó en la construcción de la maqueta, escribió y publicó el folleto. Participó de manera activa en la creación de las señales visibles que designan este sitio como un “lugar oscuro”. Incluso lo ha preparado para visitas en las que él no está presente: trabajó en el archivo y en los aspectos históricos de la conservación de la memoria. El libro describe cada movimiento; las crudas imágenes en los márgenes permiten ver cada práctica: “Aquí empezó la tortura…” Dada la naturaleza de los medios impresos, cada vez el libro narra la misma historia de la misma forma. Describe el recorrido y el número de paradas, “aquí la gente era torturada con electricidad”…Los números del libro, al igual que en una visita guiada, corresponden a los del mapa. En realidad, se trata de un mapa doble: en una capa aparece el campo de tortura, mientras que en la otra capa semitransparente de papel cebolla se delinea el Parque de la Paz, con el pabellón, la fuente y los sitios de interés numerados: ‘almacenamiento de los artículos confiscados’ y ‘sitios de ejecución’. Una línea de puntos rojos traza el recorrido exactamente como Matta lo realiza. Todo esto es el trauma en el archivo, imaginado por Matta para sobrevivirlo y transmitir sentido a aquellos que vienen después a visitar el lugar. No es exagerado decir que lo que se sabrá en el futuro sobre este lugar sólo estará disponible en los archivos: la visita comentada, las réplicas, el muro de los recuerdos, las obras de arte. Al igual que mis fotos, estos objetos de archivo podrían también provocar unas reacciones afectivas en algunos de los visitantes. Pero es difícil imaginarse que estos objetos conmoverán a alguien que no haya estado involucrado en los hechos, que nunca haya estado en el sitio o que no tenga ninguna relación con lo que sucedió aquí. El punctum o detonante debe provenir, de alguna forma, del espectador. El trauma vive en el cuerpo, no en un archivo.

No obstante, estar en el lugar con Matta es una experiencia impactante, es única para mí aunque para él sea una performance que se repite. Pero incluso el carácter repetitivo es importante en la performance de Matta. Él regresa de nuevo para volver a narrar los eventos que sucedieron allí, para enseñar, para recordar a quienes murieron y tal vez para exteriorizar el dolor relacionado con el lugar. Aunque estos actos diversos son de otro tipo, serán todos útiles para exteriorizar el trauma, para extraerlo, para señalarlo y para exigir reconocimiento. El trauma hace menos clara la diferencia entre el adentro y afuera, entre el pasado y el presente, entre lo personal y lo colectivo. El “nunca por primera vez” de la performance refleja el “nunca por primera vez” del trauma (Taylor, 2006). Hablamos de trauma sólo cuando el hecho no puede ser procesado y produce las secuelas características. El trauma, al igual que la performance, sucede siempre en el presente. Aquí. Ahora.

Como sabemos, la memoria está ligada a un lugar, una razón evidente por la que ese lugar no sólo tiene que existir sino ser marcado. Para cualquier guía, la rutina cumple una función mnemónica: las personas pueden recordar ciertos hechos relacionándolos con un lugar (Abercrombie, 1998). Pero para un sobreviviente de la tortura, el recorrido de regresar al sitio es un camino de recuerdos: mediante el acto de caminar, el cuerpo recuerda. El recuerdo siempre conlleva reescenificación incluso en nuestra imaginación. Algunos neurólogos sugieren que estos caminos están fijados en el cerebro tanto psicológica como físicamente en un circuito de neuronas que forman un patrón específico. Estar en una situación puede provocar de manera automática ciertas conductas, a menos que se impongan otros trazados de la memoria para reemplazarlas (Gallese, 2007). Tal vez un cambio en la rutina de Matta podría cambiar la carga afectiva e incluso el trauma. Pero la rutina también protege contra la carga afectiva inesperada -a menudo los sobrevivientes pueden recordar ciertos aspectos de sus tormentos, pero otros no- hay ciertos lugares (literal y fisiológicamente) que nadie se atreve a pisar.

Para Matta, tanto en su calidad de víctima como de testigo, el trauma es una performance de larga duración. Su experiencia no dura dos horas; ha durado años desde el momento en que fue desaparecido por los militares. Sus reiterados actos de llevar a la gente por los caminos de Villa Grimaldi caracterizan el trauma y las acciones provocadas por éste para canalizarlo y aliviarlo. Al igual que para las Madres de la Plaza de Mayo, el recorrido ritualizado ofrece a la vez consuelo personal y venganza. La memoria es una herramienta y un proyecto político: un homenaje para los muertos y un recordatorio para aquellos que escucharán que los victimarios cometieron asesinatos y salieron impunes. Su recorrido, al igual que la marcha de las Madres, es ejemplo de lo que se vuelve espectáculo—una sociedad en la que los sistemas judiciales difícilmente pueden llevar a los criminales ante la justicia—y de lo que se invisibiliza—los sistemas económicos rapaces que desaparecen poblaciones enteras. Sin embargo, el recorrido, al igual que la marcha, también hace visible los senderos de la memoria que conservan otra topografía del lugar y la práctica, no del terror sino de la resistencia, de la voluntad no sólo de vivir sino de mantener vivo el recuerdo.

¿Qué quiere la performance de Matta de mí como público o como testigo? ¿Qué significa ser testigo y la calidad de estar en el lugar? Él necesita a otros (en este caso a mí) que reconozcan lo que sucedió allí y cumplir así con la necesidad de un testigo. Ser testigo de, un verbo transitivo, define tanto el acto como a la persona que lo realiza; el verbo antecede a un sustantivo, es mediante el acto de ser testigo que nos volvemos testigos. La identidad depende de la acción. Somos a la vez sujeto y producto de nuestros actos. Matta es el testigo para aquellos que no vivieron para contarlo; él es su propio testigo al narrar su terrible experiencia; él es un testigo en el sentido jurídico, habiendo presentado cargos contra la dictadura de Pinochet. Él también es el objeto de mi acto de atestiguar, él necesita que yo reconozca lo que él y otros padecieron en Villa Grimaldi. La transitoriedad de “ser testigos” nos une, esa es una de las razones por las que él tiene ganas de evaluar la naturaleza de su público.

Es claro que la tortura destruye la posibilidad de ser testigo: rompe los vínculos personales y sociales y acaba con cualquier sentido de comunidad y de responsabilidad. La tortura aísla y paraliza tanto a las víctimas como a los presentes, que se sienten tentados a mirar hacia otro lado. “Percepticidio” es como lo he definido anteriormente. Por eso siguen torturando, aunque saben (muy bien) que la información que logran extraer es inútil. La inutilidad es precisamente lo que quieren. Mi labor, como la entiendo, es conservar frescos esos senderos de la memoria y hacer algo al respecto: reconocer la violencia generada por nuestros gobiernos o escribir sobre el lugar, o donar dinero, o traer a otras personas. El activismo provocado por el trauma (al igual que el mismo trauma) no puede simplemente ser conocido o contado; necesita ser repetido y exteriorizado mediante la práctica corporal.

Puedo entender mejor lo que Matta está haciendo aquí que lo que yo estoy haciendo aquí. Me pregunto sobre el aura y me preocupa el voyerismo y el turismo (oscuro). ¿Es Matta mi teleobjetivo, quien me acerca lo máximo posible a la violencia más atroz? Si es así, ¿con qué fin? Esto también tiene múltiples capas en la forma en que lo personal, lo interpersonal, lo social y lo político se congregan. Al caminar por Villa Grimaldi con Matta, los descomunales problemas de violaciones de derechos humanos y crímenes contra la humanidad, demasiado grandes y vagos en cierto nivel, toman una forma inmediata y personificada. En nuestra vida cotidiana, no tenemos forma de lidiar con actos violentos que destruyan los límites de nuestro entendimiento. Todos vivimos de cerca la violencia criminal, y aunque algunos la han sentido más personalmente que otros, esta violencia nunca es sólo personal. Si nos concentramos solamente en el trauma personal nos arriesgamos a desprenderle lo político. De pie allí, juntos, reviviendo los edificios y las rutinas, somos testigos no sólo de la pérdida, sino de un sistema de relaciones de poder, jerarquías y valores que no sólo ha permitido sino que ha exigido la destrucción de otros.

Las preguntas que surgen de estos oscuros sitios van más allá de las cercas que las rodean. La pequeña maqueta junto a la entrada es a Villa Grimaldi lo que Villa Grimaldi es a Chile, y lo que Chile es al resto de América: una interpretación en miniatura de un proyecto mucho más grande. Bajo la dictadura de Pinochet hubo 800 centros de tortura en Chile. Si tantos lugares públicos como villas y gimnasios y tiendas de departamentos y escuelas fueron utilizados para ejercer la violencia criminal, ¿cómo sabemos que toda la ciudad no funcionaba como un centro de tortura clandestino? La cantidad de violaciones es impresionante. La ubicuidad de la práctica se desborda y contamina la vida social. El recorrido guiado por Villa Grimaldi nos da una experiencia intensamente condensada al interior de los muros de los barracones. Pero aquí, dentro del campo, sabemos que la violencia sólo aparece aislada de todo lo demás que la rodea, acentuando el conocimiento de que la violencia criminal se ha diseminado de manera tan incontrolable que ningún muro puede contenerla y ningún guía puede explicarla. Podemos controlar un lugar y ponerle una cerca alrededor, pero la ciudad, el país, el cono sur, el hemisferio ha sido interconectado por la violencia, y más allá también, desde luego, y no sólo por el respaldo de los EE.UU. a regimenes de tortura y sus recientes experimentaciones en Guantánamo y el medio oriente. ¿Acaso es escalofriante este lugar oscuro porque nos sitúa físicamente tan cerca de la atrocidad visibilizada y externalizada en un pequeño sitio?¿O porque al participar interiorizamos la violencia? ¿Y cómo podemos abstenernos de no participar cuando sabemos que la omnipresente práctica de la tortura nos sitúa a todos constantemente tan cerca de la política criminal? A medida que sigo a Matta, adentrándome con él por los senderos, entiendo su experiencia porque, en parte, en realidad siempre he sabido lo que sucedió aquí/allí y acepto que éste, al igual que muchos otros sitios, es mi responsabilidad. Constantemente se me advierte que me mantenga alerta, que “diga algo” si “veo algo”. Aunque eludí mi responsabilidad cuando conocí a Matta—el gobierno mexicano no tuvo nada que ver con el golpe de estado en Chile—hay otra capa. Después de muchos años de negarme a ver la realidad de las cosas, me doy cuenta de que el gobierno mexicano del Presidente Luis Echeverría desapareció a miles de jóvenes, casi de la misma edad que yo tenía por ese entonces. Ahora que vivo y trabajo en los Estados Unidos, sé que el dinero de mis impuestos ayuda a pagar por lo que sucede en Guantánamo. Para mí, la carga emotiva de la visita surge de la tirantez entre el lugar y la práctica, inseparables, aunque a veces renegados. El recorrido ha restaurado algo que pone a muchos de mis mundos en contacto directo. Como el propio espacio de múltiples capas e historias, reconozco los niveles de prácticas políticas y corporales que han creado estos lugares, las historias que yo les aporto, los transparentes y endebles divisores que los diferencia y los sentimientos que se desencadenan cuando caminamos por ellos a nuestra manera. Vivo el recorrido como una performance y como un trauma, y sé que no es nunca por primera ni por última vez.

Matta, el folleto nos dice, “siente un gran deseo de transformar la historia en recuerdo”. Él le da vida al pasado mediante la performance de su recorrido. Aunque el trauma mantiene el pasado vivo también en Matta, el futuro no es una opción para él mientras que Terranova lo mantenga atado a ese lugar. El ‘futuro’ de hecho puede ser un proyecto muy distinto. En el mejor de todos los casos, el futuro significaría convertir su memoria en historia, el recorrido testimonial en evidencia de archivo, la admonición personal de Matta en acusación vinculante contra los autores, y a los visitantes en testigos, activistas de derechos humanos y votantes. Alguna otra persona, tal vez alguien que nunca haya sido torturado, podría guiar el recorrido, con o sin la guía escrita por Matta. Pero ese futuro es predicado en un pasado en el que el trauma ha sido trascendido o resuelto. Ese futuro no está en ninguna parte a la vista, a pesar de que las flechas señalan hacia la fuente que simboliza “la vida y la esperanza”. El recorrido no nos ofrece el final del trauma ni el final de la performance. Mirando hacia abajo seguimos a Matta mientras él gestiona este espacio transicional entre la remembranza y el proyecto futuro.


Diana Taylor is University Professor of Performance Studies and Spanish at NYU and founding Director of the Hemispheric Institute of Performance and Politics. She is the author of Theatre of Crisis: Drama and Politics in Latin America, which won the Best Book Award given by New England Council on Latin American Studies and Honorable Mention in the Joe E. Callaway Prize for the Best Book on Drama, of Disappearing Acts: Spectacles of Gender and Nationalism in Argentina's 'Dirty War', and The Archive and the Repertoire: Performing Cultural Memory in the Americas, which won the Outstanding Book award from the Association of Theatre in Higher Education, and the Katherine Singer Kovacs Prize from the Modern Language Association.


Notas

   [1] La investigación que surgió de este proyecto fue publicada (en parte) en Disappearing Acts: Spectacles of Gender and Nationalism in Argentina’s Dirty War. Durham: Duke University Press. 1997. La traducción del original en inglés es de Adriana Cantor.

   [2] DINA es la sigla de Dirección Nacional de Inteligencia.

   [3] Teresa Meade escribe que Villa Grimaldi era el “único lugar de ‘memoria’ de tortura en América Latina” cuando fue construido en 1995. Ahora el “Parque de la Memoria’ y ESMA en Buenos Aires también funcionan como lugares de memoria” (2001).

   [4] Véase Chile in Transition: The Poetics and Politics of Memory, de Michael J. Lazzara, para un excelente análisis del recorrrido de Pedro Matta y de Villa Grimaldi.


Obras citadas

Abercrombie, Thomas. Pathways of Memory and Power: Ethnography and History Among an Andean People. Madison: University of Wisconsin Press, 1998.

Gallese, Vittorio. The ‘Shared Manifold’ Hypothesis: From Mirror Neurons to Empathy. Journal of Consciousness Studies, 8, No. 5-7 (2001): 33-50.

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Godoy-Anativia, Marcial. “The Body as Sanctuary Space: Towards a Somatic Topography of Torture”. Manuscrito inédito, 1997.

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