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Foto: Marlène Ramírez-Cancio

Ciudadanías en escena: performancia, política y derechos culturales

Jesús Martín Barbero | Colombia

La política fue actuación teatral desde sus comienzos, como nos lo recuerda Richard Sennet, al contarnos que el espacio de la polis que nombra el ágora era aquel en el que la gente se juntaba para deambular intercambiando opiniones y entretenerse controvirtiéndolas. De ahí que el título dado a este Encuentro del Instituto Hemisférico por sus organizadores en Colombia, ciudadanías en escena, resulte por sí mismo tan provocador y performativo: sólo hay ciudadanías al hacerse actuantes, y las nuevas figuras de esa actuación tienen que ver con estrategias de empoderamiento, ejercidas en y desde el ámbito de la cultura. Lo que los nuevos movimientos sociales étnicos, de género, lésbicos y gays, religiosos o ecológicos demandan no es tanto ser partidaria o ideológicamente representados sino socioculturalmente reconocidos, esto es, hacerse ciudadanamente visibles en su diferencia. Lo que da lugar a un modo nuevo de ejercer políticamente sus derechos, pues la nueva visibilidad cataliza el surgimiento de nuevos sujetos políticos. Sujeto entrevisto por el feminismo al subvertir el profundo machismo que quedaba en las izquierdas con su grito: “¡lo personal es político!”, que vino a incorporar en el mismo movimiento el sentimiento de daño y victimización y el de reconocimiento y empoderamiento.

La visibilidad del diferente –y toda diferencia es ocasión de dominio en una sociedad de clases- junto a la diversidad de identidades en pugna hoy no sólo con las otras sino consigo misma, hace parte constitutiva del reconocimiento de derechos. Que es de lo que expresa la cercanía fonética, y la articulación semántica, entre visibilidad y veedurías: esas prácticas de fiscalización e intervención de los ciudadanos en la vida pública. Según Charles Taylor, la idea de reconocimiento se juega en la distinción entre el “honor” tradicional, como concepto y principio jerárquico, y la “dignidad” moderna como principio igualitario. La identidad no es, pues, lo que se le atribuye a alguien por el hecho de estar aglutinado en un grupo sino la narración de lo que da sentido y valor a la vida y la identidad de los individuos y los grupos. Lo que las ideas de diversidad e interculturalidad movilizan hoy es la desgarradura de una institucionalidad política incapaz de extender los derechos culturales a todos los sectores de la población sean mujeres o minorías étnicas, evangélicos u homosexuales. Frente a la ciudadanía de “los modernos” que se pensaba y se ejercía por encima de las diferencias de género, de etnia, de raza o de edad, la democracia está necesitada hoy de una mutación cultural que le posibilite hacerse cargo de una heterogeneidad tan constitutiva de la ciudadanía como la homogeneidad lo es del Estado. Solamente así escaparemos a la ilusoria búsqueda de una reabsorción de la alteridad en algún todo unificado, ya sea éste la nación, el partido o la religión, y pasarán entonces al primer plano, los derechos de ciudadanía que hoy ejercen las diversas comunidades culturales que conforman una nación, esto es el nuevo valor que articula la universalidad humana de los derechos a la particularidad de los muy diversos modos de su percepción y su expresión.

Ciudadanía actuante es la que se hace visible –materializa y encarna- en los performance: esas “artes en acción” que, saliéndose de los espacios y tiempos del Arte, ponen del revés las memorias y las expresiones culturales al evidenciar que ellas más que productos son experiencias que rejuntan memoria e invención, pues como dice Franscisco Cruces: “la lengua es resultado del hablar, la danza del bailar, la música del tocar y cantar”. Y es porque las culturas son ya eso, no esencias ni autenticidades sino saberes y sentidos performantes, que hoy los ritos y las fiestas, la teatralidad de las marchas, la paródica espectacularidad de las protestas o la agresividad de los tatuajes corporales, pueden hacer parte constitutiva de las revanchas sociales, las resistencias culturales, los sabotajes políticos, las transfusiones identitarias o las subversiones estéticas.

Y la academia y la investigación ¿qué pueden hacer con todo esto? Pues escapar de las carcelarias disciplinas y ponerse etnográficamente a la escucha de lo que ahí suena, habla, grita, insulta, blasfema, al mismo tiempo que inaugura, inventa, oxigena, libera, emancipa, crea. Estamos exigidos de una nueva manera de pensar e investigar que, en medio de la frenética globalización que acosa a las culturas, nos exige “reconstruir los sentidos locales”, aun los de las prácticas y las dimensiones más mundializadas de la vida social, pues toda interacción cultural es realizada siempre por actores situados, y los significados de las prácticas efectuadas o de los derechos reclamados remitirán en últimas al uso, a los usos sociales temporal y espacialmente arraigados. Desde esa perspectiva descubrimos que los saberes sociales no están ahí sólo para ser acumulados y transmitidos sino para ser ejercidos ciudadanamente, esto es actuados performativamente. Y pocos países tan necesitados de ese ejercicio que la Colombia actual, anestesiada, polarizada y paralizada por un montón de miedos expertamente transmutados en “seguridad”, una seguridad que confunde amnistía con amnesia, y que se transvistió de “democrática” para dejar de ser social. Pero esa Colombia aún tiene derechos, y entre ellos el derecho a esperar que el Encuentro Hemisférico de Performance y Política, que va a realizarse a lo largo y ancho de su territorio, comprometa a muchos ciudadanos a ejercer de tales reimaginando este país y reinventándolo perfomativamente.

Este texto fue escrito por el autor para el catálogo/programa del Séptimo Encuentro del Instituto Hemisférico, realizado en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá en agosto del 2009.


Jesús Martín Barbero es semiólogo, antropólogo, filósofo y experto en comunicaciones y medios. Ha producido importantes síntesis teóricas en Latinoamérica acerca de la posmodernidad. Su análisis de la cultura como mediaciones, el estudio de la globalización desde la semiología, la función alienante de los medios locales y particularmente la función de las telenovelas en Latinoamérica son algunos de sus aportes. Ha sido presidente de la ALAIC (Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación), miembro del Comité consultivo de la FELAFACS (Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social). Es miembro del Comité científico de Infoamérica.  

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