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Una entrevista a Lois Weaver

ANN PELLEGRINI: Soy Ann Pellegrini y me encuentro aquí para emisférica con Lois Weaver, artista de performance, autora, directora y toda una leyenda. Como debes saber, Lois, esta conversación es parte de una edición especial sobre Estados de Devoción, donde estamos pensando sobre las relaciones entre religión, política y corporalidad. Una asunto particular de este tema es cómo la religión opera en el mundo, cómo la performance opera en el mundo, y cómo ambas podrían hacer cosas interesantes en conjunto. En esta línea, pienso que—si bien tu trabajo no aborda directamente la religión—el cristianismo, como religión, ha tenido un rol muy importante en tu desarrollo como artista y me gustaría hablar un poco sobre esto y ver adónde nos lleva la conversación.

LOIS WEAVER: Estupendo, suena bien. Bueno, cuando dices cristianismo, yo pienso en bautismo, porque fui bautista del sur. Crecí en el sur rural, en la clase trabajadora rural, en el suroeste de Virginia donde no había mucho que hacer. Para ser honesta, mi primera incursión en la iglesia fue por querer tener algo que hacer. No vengo de una familia particularmente religiosa; mi familia era decente, no tenía nada en contra de la religión pero no eran devotos. Fui seducida por unas señoras del barrio—que sospecho estaban preocupadas por mi bienestar espiritual—y me invitaron a participar de los Sunbeams.

PELLEGRINI: ¿Qué son los Sunbeams?

WEAVER: Los Sunbeams eran unas actividades extracurriculares de la iglesia para niños. Había una serie de ellas, en las que te ibas graduando progresivamente. Primero estabas en Sunbeam, luego en las auxiliares de las niñas y luego creo que te graduabas para, en algún momento, ser una adulta en la iglesia. No sé cuál era el paso intermedio, pero yo fui una Sunbeam. Sunbeams sucedía fuera del horario normal de la iglesia y nos daba la oportunidad de hacer cosas, junto con escuchar relatos bíblicos. Por supuesto que eso me encantaba, así que esa fue mi primera aproximación a la iglesia; como un grupo de juego, como un grupo social. Rápidamente después de esto, mis padres empezaron a ir a la iglesia y recuerdo haber intentado fervientemente convertir a mi padre al cristianismo porque quería que se bautizara. Yo fui bautizada a los once años y él aún no estaba bautizado y eso era una gran preocupación para mí.

PELLEGRINI: ¿Tu preocupación era que tú, en ese momento, creías que si no se bautizaba le iba a ir muy mal en la próxima vida?

WEAVER: Supongo que sí… pienso que eso era lo que creía, lo que me preocupaba, aunque sabía que eso no podía ser posible. De niña, solía pensar ¿cómo es posible que todos los chinos que son budistas, toda la gente que es hindú y toda la otra gente alrededor del mundo… que todos ellos se iban a ir al infierno y sólo nosotros al cielo? Me costaba mucho creer eso, y también creer que Jesús era lo principal. Pero eso era lo que me decían y entonces eso era lo que les recitaba de vuelta. A mí me encantaba la performance, eso era; me encantaba cada aspecto de ella. Yo asistía para actuar, para hacer cosas y para ser una líder. Fue en la iglesia donde aprendí mis habilidades de liderazgo, fue donde aprendí a tomar control de una audiencia, a expresar las cosas en las que creía—a pesar de que no estaba completamente segura de por qué creía en ellas. Aprendí a estar sobre el escenario con las auxiliares de las niñas. Ahí pude hacer de reina y, en gran medida, creo que ahí fue donde aprendí a ser femme. De esta manera, para mí se trataba más de lo social y de la performance que de una profunda creencia espiritual.

PELLEGRINI: ¿Y era este un mundo más bien dominado por mujeres y niñas en términos de participación en las extracurriculares de teatro y en los grupos de teatro?

WEAVER: Bueno, estábamos separados porque estaban los auxiliares de los niños y las auxiliares de las niñas. Entonces estábamos separados pero, por lo que me acuerdo, la mayoría de las cosas eran lideradas por las mujeres de la iglesia. Solíamos tener escuela bíblica a la que íbamos durante los primeros siete días luego que la escuela terminaba y eso estaba totalmente dirigido por mujeres.

PELLEGRINI: ¿Los chicos y chicas estaban en la misma clase?

WEAVER: Chicos y chicas en la misma clase, sí. Entonces definitivamente sí era un mundo liderado por mujeres. Aunque siento que mi vida entera en el sur estuvo liderada por mujeres.

PELLEGRINI: ¿Crees que esto te dio una idea anticipada de…? ¿Te considerabas feminista de niña? ¿O moldeó quizás el tipo de feminista en la que te convertirías después?

WEAVER: Yo creía que podía hacer cualquier cosa que me propusiera, y eso fue reforzado por mi madre y sus tres o cuatro hermanas. Así que crecí en una especie de matriarcado informal. Mi madre solía decir que no sabía qué hacer conmigo, entonces no hacía nada, lo que me daba la oportunidad de ser “independiente” y de hacer lo que yo quisiera. La iglesia me dio la plataforma para esto, me hizo sentir especial, me consideraban una líder y recibí apoyo por eso. Nunca sentí que por ser niña no podía hacer algo; jamás se me cruzó por la mente. Mucho después, cuando estaba en la universidad fui la primera presidenta estatal mujer del sindicato de estudiantes bautistas, entonces fui creciendo en estas posiciones en la iglesia y nunca lo dudé. Así que definitivamente creo que esa fue la base de mi feminismo porque nunca pensé que no podía hacer algo [por ser mujer] hasta que me involucré en el movimiento pacifista y, para ese entones, ya casi estaba fuera de la iglesia.

PELLEGRINI: Dinos más sobre esto… ¿el movimiento pacifista te hizo sentir que había un límite, que las mujeres no debían ser líderes?

WEAVER: Bueno, ahí me enfrenté a la realidad por primera vez, porque durante la universidad yo había permanecido en la Iglesia bautista.

PELLEGRINI: ¿Fuiste a una universidad bautista?

WEAVER: No, fui a una universidad estatal pero me asocié al sindicato de estudiantes bautistas porque mi hermana también se había asociado a ellos. Me sentía cómoda ahí. Una de las primeras compañías de teatro con las que hice giras por el estado fue un grupo bautista, en una pequeña van VW en 1969. [El sindicato de estudiantes bautistas] fue el primer lugar donde pude tener un cargo público, y también fue el primer lugar donde pude expresar mis opiniones sobre lo que estaba pasando en el mundo. Me invitaron a hablar en la Convención Bautista del Sur. Esta es una reunión anual de entre 13.000-20.000 pastores bautistas—y sus esposas,, me gusta añadir. Me paré frente a ellos y hablé; era 1968 y dije, “Tenemos que dejar de preocuparnos por salvar almas y empezar a alimentar a la gente, debemos alejarnos de la guerra y del complejo industrial militar”. Esa fue mi oportunidad de decir estas cosas. No estaba involucrada en ningún otro grupo político, pero esa fue mi plataforma política; parecía el lugar indicado para decir estas cosas porque así había aprendido. Es decir, había llegado a estos sentimientos y a estas ideas en base a lo que había aprendido en la iglesia.

PELLEGRINI: ¿Y cómo fue recibido?

WEAVER: Estuvo bien por un tiempo hasta que el Movimiento de Jesús (Jesus Freaks) se tomó el poder. Hubo un momento cuando todas las instituciones estaban interesadas en la voz estudiantil, esto fue como en el ’69, ’70, quizás ’71. En ese entonces, estaban muy interesados en lo que los estudiantes querían decir, y pensaron, “Probablemente deberíamos ser más comprometidos socialmente, como cristianos esto debería ser parte de nuestra teología y de nuestra práctica”, pero de repente llegaron los Jesus Freaks y borraron todo esto por completo y se enfocaron en “sólo tenemos que salvar almas”. ¿Te acuerdas de los Jesus Freaks?

PELLEGRINI: Sí.

WEAVER: Porque a partir de ese momento todo pasó a ser sobre Jesús, sobre la salvación, y no sobre la responsabilidad social.

PELLEGRINI: ¿ La salvación en cuanto a la vida después de la muerte y no tan enfocado en qué hacer en este mundo?

WEAVER: Así es, y fue una manera de retroceder hacia valores conservadores y no hablar de la pobreza o de la guerra de Vietnam o el racismo o cualquiera de estos temas que, no sólo yo, sino muchos otros estudiantes cristianos de los sesentas estaban tratando que la iglesia tomara en cuenta. Fue ahí también donde aprendí un poco sobre el poder y el poder político porque me di cuenta del alcance que tenía la Iglesia bautista. Antes de hablar en la Convención Bautista del Sur, me enteré que el uso del correo federal por parte de la Iglesia Bautista del Sur era sólo superado por el del Servicio de Impuestos Internos (IRS). Entonces entendí la envergadura de esta base de poder y pensé, “Dios mío… si uno quiere marcar una diferencia, esta es una manera de hacerlo”. Ya para ese entonces, cualquier fe que había tenido había empezado a alejarse de la teología y se estaba acercando al activismo social, dentro del contexto de mi concepción del cristianismo.

PELLEGRINI: Entonces para ti, ¿algunos valores como la dedicación a los pobres o la justicia social fueron formulados desde el cristianismo pero ya no podían seguir contenidos en esta estructura institucional?

WEAVER: Así es. Cuando era niña, crecí yendo a la iglesia cuando las iglesias estaban siendo bombardeadas en el sur. Entonces el problema de la segregación e integración era un asunto apremiante, doloroso y violento; tuve peleas muy grandes con mi familia y con gente de la iglesia sobre ello. Los de mi generación no entendíamos; nos habían enseñado estas canciones: “Blanco, negro, amarillo y rojo/ Todos son valiosos en Sus ojos”. A pesar de ello, nadie actuaba en consecuencia, y creo que nosotros lo habíamos tomado a pecho, actuábamos acorde y no tenía sentido que la iglesia no lo hiciera. Creo que esta fue la primera vez que entendí cómo nos pueden enseñar una cosa y luego actuar de manera diferente.

PELLEGRINI: Entonces, ¿cuándo empezaste a moverte hacia un activismo más secular o menos enfocado en la iglesia? Mencionaste haber enfrentado sexismo cuando estuviste en el movimiento pacifista y haber tenido límites impuestos—o al menos intentado ser impuestos sobre ti—por el hecho de ser mujer, ¿esto pasó después de la universidad?

WEAVER: Durante la universidad yo me había mantenido relativamente fiel a la iglesia. El último año cuando fui presidenta y tuve un perfil nacional como vocera estudiantil para la iglesia, seguía involucrada con la iglesia pero también con el teatro, y tenía la intención de hacer un posgrado. Pero era 1972, el fin de la guerra de Vietnam, el comienzo del feminismo, el comienzo del movimiento por los derechos de los homosexuales y todo colapsó para mí en ese año. Nada tenía sentido. No quise dedicarme al teatro porque sentía que no servía ninguno de los valores que había empezado a desarrollar en torno al activismo social,, pero tampoco quería irme y ser una actriz famosa de Hollywood. Sabía que no quería eso. Al mismo tiempo, me sentía desilusionada con la iglesia y había perdido la fe y la creencia de que era la plataforma que yo creía que era, porque hasta ese entonces, había sido una plataforma bastante cómoda para mi desarrollo político y como líder. Me sentía perdida y me invitaron a vivir en Baltimore en una residencia de transición auspiciada por una iglesia bautista local—que era liberal—y me dijeron, “Ven aquí, vive en esta casa, ayúdanos a arreglarla, e involúcrate en acción social”. Es decir, en cosas como empezar un comedor para alcohólicos en rehabilitación, trabajando en un centro de para pacientes con enfermedades mentales, ayudando en la guardería, todas esas cosas. Entonces hice eso, pero también me metí en un grupo ecuménico de paz y justicia que estaba trabajando con los hermanos Berrigan—porque estamos hablando de Baltimore—y con los Cantonsville Nine. Entonces estaba realmente en una especie de epicentro de activismo, lo que me entusiasmaba muchísimo. Esto me alejó de la Iglesia bautista y me llevó hacia lo ecuménico que me hizo sentir más cómoda, pero era un espacio extremadamente dominado por hombres. De pronto, sentí que no podía ser exitosa en maneras en que antes lo había sido. Por ejemplo, empezaba un proyecto y no podía hacerlo surgir; no entendía porqué, porqué estaba sola primero que todo y porqué no tenía apoyo. Luego me acordé que había organizado una presentación para recaudar dinero para un hospital en el norte de Vietnam y había salido muy bien, porque yo sabía cómo hacer estas cosas. Recuerdo que los dos o tres hombres que manejaban esto quedaron sorprendidos de que el evento saliera tan bien. Cuando vi la sorpresa en sus caras comprendí, “Oh. Entiendo, no esperan que tenga éxito”. Yo estaba en la posición de la joven recién graduada que les traía el café y no esperaban que fuera una líder en ese contexto. Entonces esto por un lado, y luego me metí mucho en el teatro experimental. Porque el teatro experimental…¿Cómo era que se llamaba? The Free Theatre of Baltimore [El Teatro Libre de Baltimore]. que era parte de Antioquia, y había empezado ese año y trajeron a alguna gente del Open Theatre y alguna gente de Grotowski, y daban talleres gratis. Entonces empecé a retornar en esta dirección y ahí fue donde aprendí que podía combinar el teatro con lo que quería decir, pero también me llevó por esa ruta secular muy decadente de la gente de teatro. Después de haber alojado en la casa de alguien, aparecía en la iglesia los domingos por la mañana y las cosas empezaron a ponerse un poco torcidas en términos de sus expectativas morales y mi comportamiento.

PELLEGRINI: Me causa curiosidad… pareciera que, según dijiste, lo que te mantuvo motivada fueron las oportunidades de liderazgo, también las performances, y el juego que podías hacer dentro de la estructura religiosa. ¿Hay alguna semejanza al nivel de sentimiento entre lo que sentías cuando eras “devocionalmente activa”, por decirlo de alguna manera, y lo que has experimentado haciendo performance o teatro? ¿Se siente similar en términos del tipo de goce o de la imaginación logras alcanzar?

WEAVER: Absolutamente. Sobre todo, pienso que es el mismo tipo de conectividad con otra gente. Cuando el teatro empezó su fase más “corporal” en los setentas, fue cuando empecé a tomar talleres del tipo del Open Theatre y a meterme en esto. Era realmente reconocible para mí porque así era como funcionaban muchas cosas en iglesia en términos de relaciones interpersonales. Y pienso que el tipo de teatro que hago, al que aspiro y al que le dedico mi tiempo, está basado en esa calidad de relaciones interpersonales: cómo nos relacionamos el uno con el otro y cómo hacemos cosas juntos. El hacer cosas en conjunto es algo que empecé a hacer desde muy temprano y pienso que tiene un sentido espiritual profundo para mí cuando hago el trabajo que hago. Y es como la iglesia; en verdad lo es… acabo de tener como 14 pensamientos en este instante…pero siempre cuento esta historia de cuando llevamos nuestra primera obra Split Britches a Virginia para el aniversario de bodas de 50 años de mis padres. Es una historia muy larga, por eso no la contaré entera...

PELLEGRINI: Vamos… sólo entre amigas.

WEAVER: Está bien.

PELLEGRINI: (risas)

WEAVER: Bueno, Peggy y yo fuimos a una conferencia para productores de “cultura de mujeres” y conocimos a dos mujeres que venían de Roanoke, Virginia, que es de donde yo vengo. Estaban produciendo cultura de mujeres en Roanoke. Entonces les pregunté, “¿Qué están haciendo?”, y respondieron, “producimos eventos cerrados el primer viernes de cada mes, tenemos una lista de correo y las lesbianas vienen y, como todas estamos en el closet y somos sólo nosotras, todo está bien”. Y dije, “¡Eso es genial!”, y luego, “Bueno, yo tengo una obra que quiero llevar para mis padres, ellos ya la vieron y están conformes con ella, se llama Split Britches y es sobre gente que creció allá [en Roanoke]”. Todas ellas trabajaban en televisión y en el periódico en puestos de bastante poder en los medios y dijeron, “Nosotras la produciremos. Será nuestra oportunidad de hacer algo abierto a público, pero lo promocionaremos para las lesbianas”. Entonces organizaron el espectáculo en una iglesia—era una capilla en Roanoke College, pero una iglesia no obstante. Al momento de hacer el show, teníamos [en el público] a todas estas lesbianas que habían llegado desde las Montañas Blue Ridge, teníamos a toda la gente de la iglesia con la que yo había crecido—y esto fue genial porque ya sabían cómo llegar, porque era en una iglesia, y sabían cómo vestirse y dónde estacionarse. También llegó gente que estaba interesada en el “teatro popular” porque Split Britches había sido publicitada como una especie de proyecto de historia oral. Es decir, teníamos todo tipo de personas en la iglesia. Para mí, esto era como el cielo, era lo más… era como una epifanía, la verdad, como si todo en mi vida se hubiera juntado en ese momento: mi trabajo creativo de performance, mi identidad lesbiana, mi compromiso con la comunidad y mi comprensión de lo que eso significa para la gente que va a la iglesia cada domingo. Entonces eso fue lo que me hizo reír. Pensé en esto porque realmente es como la iglesia.

PELLEGRINI: Estoy curiosa de esta performance… ¿hubo alguna discusión con la audiencia después de la función? ¿Tuviste alguna idea de lo que pasó con esa audiencia tan diversa? Para ti, de pronto convergieron todos los aspectos de tu vida, pero ¿qué estaba pasando en la audiencia entre personas que no suelen sentarse una al lado de la otra?

WEAVER: Bueno, pasaron muchas cosas graciosas… Por ejemplo, justo antes de empezar la función, se cortó la electricidad en la iglesia, porque habíamos instalado las luces. Entonces el pastor que administraba la iglesia se paró y dijo, “¿Hay por casualidad un electricista en el recinto?”

PELLEGRINI: ¿Cuántas lesbianas se pararon?

WEAVER: Cinco mujeres se pararon y todos pensaron, “Oh, que curioso”. Y luego también había señoras que conocían a las personas que inspiraron a los personajes de la obra, y ellas golpeaban sus bastones contra el suelo en diversos momentos, y las lesbianas aplaudían en otros puntos. En la recepción después de la función había mucha gente conversando y mi sobrina—a quien creo que todavía no le había contado que era lesbiana—se me acercó y me dijo, “Lois, no sé cómo lograste que viniera toda esta gente tan distinta, ¡hasta mi profesora de gimnasia está aquí!”. Entonces había una especie de reconocimiento tácito de que se había juntado gente que normalmente no se junta.

PELLEGRINI: Me acuerdo de esa antigua expresión, sobre la cual por supuesto Tim Miller y David Román han escrito tan bellamente, “predicando a los conversos”.

WEAVER: Sí.

PELLEGRINI: Es muy interesante porque, de alguna manera, tuviste tantos tipos de conversos en la iglesia en ese momento, que al mismo tiempo no estaban convertidos los unos a los otros, ¿no?

WEAVER: Claro…no lo estaban. Y tampoco pensé que se convertirían a la forma, porque Split Britches no es narrativa, es un poco excéntrica y postmoderna en el sentido de que no es fiel al tiempo y salta de atrás para adelante. Estaba casi más nerviosa por eso que por cualquier otro aspecto…pensé, “Esto no es The Waltons”. Pero cuando hicimos la obra—volviendo al tema de la iglesia—me di cuenta que era como la estructura del culto, donde no hay necesariamente una línea lógica: haces un poco de esto, luego la gente se para, se sienta, haces un poco de esto otro, y luego rezas… entonces me percaté que la obra estaba moldeada en base a esa estructura.

PELLEGRINI: Eso es muy interesante. Entonces, en cierto sentido, los ritmos de movimiento, el ritmo de los afectos, y lo que sientes durante la hora de culto, o cuán largo sea, no se trata de las palabras necesariamente, sino de saber qué hacer con tu cuerpo junto a tu vecino en el banco.

WEAVER: Sí… es porque está lleno de ritual y mucho ritual no hablado también. Incluso en esos momentos espantosos cuando todo está saliendo mal, existe esa sensación de que todos estamos juntos en ese instante, y que todos sabemos cómo comportarnos hasta que podemos salir adelante y pasar al siguiente momento. También pienso que el título del libro, The Only Way Home Is Through the Show alude a ese momento cuando estás tras bambalinas y sabes que ese determinado intervalo de tiempo lo vas a pasar en una especie de estado alterado, y que no hay manera de escapar por la puerta trasera o delantera para tomar un taxi e ir a un bar hasta que ese intervalo de tiempo termine. Es muy parecido a la iglesia para mí: sabes que dura una hora y que al término de esa hora puedes salir a jugar; esa fue mi experiencia cuando niña. Pero existe esta especie de espacio alterado…

LP: Como un tiempo delimitado donde algo diferente está pasando…

WEAVER: Sí… y hay expansión en esos tiempos. No es sólo sentarse y esperar por una hora que pase el autobús, o esperar en la fila del banco, sino que tu cerebro o algo se expande dentro de ti cuando estás en ese período de tiempo. Y es lo que me pasa a mí al hacer performance. Me encanta actuar. Se siente como una apertura espiritual para mí cuando estoy haciendo performance. Y se siente como un momento delicioso de la misma manera que una buena meditación es un momento delicioso.

PELLEGRINI: Mientras estabas, en cierto sentido, pasando de un movimiento religioso a otro, entrando a un mundo bastante secular de teatro, ¿sientes que tuviste que dejar cosas de lado? ¿Cómo fue tu caso en particular? Porque uno a veces escucha a ciertos círculos seculares decir cosas bastante estereotipadas sobre la gente que tiene creencias religiosas o un pasado religioso. ¿Tuviste alguna disonancia cognitiva cuando mientras te estabas trasladando entre estos mundos?

WEAVER: No lo creo porque ya tenía un ojo crítico de lo que era eso, casi un ojo satírico de lo que era. Para ese entonces, cuando había hecho el cambio [hacia el mundo secular], sentía que podía ser crítica… y yo ya era crítica mientras estaba dentro [de la iglesia], ciertamente sobre grandes problemas como la raza, la pobreza y la responsabilidad. Pero en términos de esa postura de la Mayoría Moral, que fue aumentando… A medida que fui creciendo, lo fui viendo con más claridad y ya había empezado a criticarla. Luego empecé a poner [esa crítica] en mi trabajo. Porque en Beauty and the Beast, que fue una de los primeras—la segunda obra—que hicimos con Split Britches, hice el personaje de sargento del Ejército de Salvación que estaba basado en la esposa de mi pastor bautista favorito. A pesar de que criticaba su conservadurismo y su intolerancia, yo estaba enamorada de ella, y luego empezamos a hablar de ello y creo que aquí fue donde mi religión—y la de Peggy quien también creció en una familia religiosa y fue misionera en cierto punto—ha permeado nuestro trabajo, porque si vamos a crear un personaje al que vamos a criticar y satirizar, lo vamos a hacer con amor. Y vamos a escoger un cierto aspecto de esos personajes que amamos, pero vamos a mostrar la contradicción. Y pienso que eso está definitivamente influenciado por [el hecho de que] yo no he dejado ir completamente a esos personajes y a esa experiencia. Puedo verla, puedo criticarla, pero aún siento amor por esas personas como personas.


Ann Pellegrini es profesora de Performance Studies y Social and Cultural Analysis en New York University, donde también dirige el Centro de estudios de género y sexualidad. Sus libros incluyen: Performance Anxieties: Staging Psychoanalysis, Staging Race; Love the Sin: Sexual Regulation and the Limits of Religious Tolerance, co-escrito con Janet R. Jakobsen; y Secularisms, co-editado con Jakobsen.

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