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Chile 1973 - El golpe y la voz de la ley

Abstract

This article examines the political deployment of media during the military ousting of Salvador Allende Gossens, the democratically elected president, by Augusto Pinochet in 1973 in Chile. In particular, it takes into account the conjunction of politics and showmanship in order to create a voice and a body for the leader. Pinochet's image was precariously stage-managed in radio and television to convey political meaning and achieve control over a chaotic social body on the brink of a civil war.
While I recognize the importance of visual presence when talking about the body of the dictator, I locate its exact protagonism in relation to the notion of its absence. Even if physical control of the old regime's media networks was a foremost military strategy during the coup, the audience had a gradual access to the visuality of the coup. This coup constituted an event that was first heard by most Chileans, then seen, and finally read. The effectiveness of this circumstance is linked to the complex rhythm of revelation and withholding, absence and presence, which created both fear and expectation in the population. In a context where sounds and images had been dissociated from each other, the audience, deprived of visual representations of the golpistas, shivered with anticipation. It is my contention that the effectiveness of Pinochet's stage presence during the early stages of the coup can only be understood in relation to that vociferous yet imageless void that came before it.
This essay, which contains image and sound archives, is hence an exploration about how aesthetics and ideology became inextricably linked in the early imaginary relating the 1973 coup. Mass culture was instrumentalized to achieve political objectives. Finally, it is about the fatal yet seemingly inescapable combination of visuality, technology and politics.

El 11 de septiembre de 1973 ha quedado inscrito como el día-evento[1] más significativo de la historia chilena del siglo veinte. Esa fecha vio morir al presidente Salvador Allende Gossens y nacer al general Augusto Pinochet Ugarte, quien antes de aquel martes 11 no transitaba protagónicamente por las avenidas de la esfera pública chilena. Pinochet no dio el golpe; Pinochet se dio con el golpe. El golpe dio a luz al General, le dio corporalidad a su imagen, generando un cuerpo para el dictador, sobre el cual la ley post-Golpe sería constituida.

Los medios de comunicación desempeñaron un papel neurálgico en el golpe de estado chileno y en la consiguiente instauración del nuevo orden. Los eventos del 11 de septiembre fueron posibles en gran parte por el empleo de una efectiva estrategia comunicativa. Los militares sublevados interpelaron a la ciudadanía desde una mediatizada multiplicidad de sentidos,[2] auditivos y visuales. Desde la comunicación masiva teatralizaron la toma del poder y el re-establecimiento de la ley, cuyos límites de legalidad habían sido sobrepasados, según la óptica de la oposición, por el gobierno de la Unidad Popular.

La radio fue el primer medio que registró las señales golpistas, el primer vehículo de interpelación a los ciudadanos. La televisión, que había llegado a Chile en el año 1962 para transmitir en blanco y negro el campeonato mundial de fútbol, ya competía con la radio como el medio de información de la sociedad chilena. A pesar de su creciente auge, no sería hasta las 6 de la tarde del 11 que la televisión se integraría al operativo del levantamiento militar; la prensa escrita tardaría aún más en operar dentro del nuevo escenario socio-político.

Logrando algunas emisoras continuar sus transmisiones esa mañana, la radio volvió a protagonizar como medio de comunicación, convirtiéndose nuevamente en la principal, y prácticamente única, fuente de información. Fueron las ondas radiales las que proveyeron acceso a los sonidos del evento político que estaba en vías de consumarse aquel martes de septiembre. El golpe chileno constituyó un evento que primero fue escuchado por la mayoría de los chilenos, luego visto y, por último, leído, en ese orden.

El hecho de que la televisión y la prensa hayan tardado en irrumpir en el escenario social significó que la audiencia tuvo un acceso gradual a la visualidad del golpe. Sería sólo con la instauración de la Junta en el poder, consumada mediante una ceremonia televisada y retransmitida en cadena por todo el país, que el cuerpo mediático de Pinochet se haría visible y le daría carne a la nueva ley.

De esa privación visual inicial surge la autoridad del cuerpo de la Junta Militar, el cual se dio a conocer originalmente como una colectividad uniformada: cuatro, en representación cada una de las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden de Chile. Disociadas las imágenes de los eventos, la efectividad del surgimiento del cuerpo de Pinochet, quien llegaría a opacar al resto de la Junta, está relacionada a un ritmo complejo de revelación y ocultamiento, ausencia y presencia. En este trabajo sostengo que la posterior presencia escénica de Pinochet, como epítome del cuerpo militar, necesita ser entendida en relación a este inicial divorcio entre la imagen y el sonido. Su posterior acaparamiento del poder político surge de ese vacío, vociferante pero desprovisto de imágenes, que antecedió su visibilidad como actor político.

Independientemente de su ideología política y de su posición ante la intervención militar, el público anticipaba con nervios la resolución de una de las polarizaciones sociales más agudas de la historia chilena. Existía temor por aquello (eventos, personas, situaciones) para lo cual no existían imágenes ni referentes históricos. Eran los sonidos lo único que emanaba de los nunca antes vistos cuerpos militares y sus objetos metonímicos: bombardeos aéreos, camionetas apresuradas, voces de mando, proclamas de autoridad.

Aislar la producción de la voz y los sonidos del golpe es indispensable para entender el papel de cada medio (radio, televisión, prensa) en la mecánica de la toma del estado y el acaparamiento del poder político. Asesorados por un equipo de comunicación constituido con anterioridad al 11, los militares entendieron su intervención militar como un evento-marcial que se libraría en múltiples campos de batalla. La "Operación Silencio" tenía como objetivo acallar las radioemisoras leales al gobierno y aislar regiones comunicativamente. Integrado a una estrategia psicológica de propaganda bélica, el operativo formó parte del Plan de Seguridad Interior "Hércules", plan anti-insurgencia coordinado con Roberto Guillard, oficial de Telecomunicaciones del Ejército.

En la lucha por el control de los medios y el espacio comunicacional, los militares sublevados hicieron prevalecer su voz luego de haber silenciado los medios leales al presidente Allende. La radio también fue el primer medio utilizado el 11 para esgrimir argumentos justificativos sobre la legitimidad de la intervención militar.

En las ondas radiales existía una disputa entre voces encontradas ideológicamente.[3] Los golpistas consideraron indispensable controlar los medios para contrarrestar la presencia radial del gobierno de la Unidad Popular, entonces en el poder. En septiembre de 1973, "Radio Portales, emisora con mayor sintonía en Chile, funcionaba prácticamente como el "megáfono" de Allende y como el eje de las cadenas nacionales obligatorias con las que el presidente comprometía a las emisoras para que su mensaje llegara a todo el país." Según explica Ken Dermota, "a juzgar por las organizaciones noticiosas que estaban de su lado, se podría decir que el gobierno de la UP tuvo una ventaja en el ámbito de las comunicaciones, dado que contaba con la simpatía de aproximadamente dos tercios de los medios de comunicación del país."[4]

Los militares lograron ser más vociferantes en su interpelación del ciudadano, haciendo prevalecer su voz en las ondas radiales. Espacializando el sonido por la estrecha geografía de Chile, su palabra, literalmente, se hizo ley. En la etapa pre-visual del golpe, o pronunciamiento, palabras ya de por sí provistas de resonancias auditivas, se dio lo que podría llamarse una "legalidad sonora." La ley se articuló en ausencia de un cuerpo que la materializara y le diera carne. Durante estas primeras horas del Golpe la ley nació incorpórea, sin sustento visual.

La Junta recurriría al concepto jurídico del bando, recurso con escaso desarrollo en la legislación chilena.[5] Los militares usaron estos bandos, que son edictos o mandatos de orden superior usualmente impuestos bajo amenaza, como recursos ideológicos, normativos y propagandísticos.[6] Inundados de verbos imperativos y de frases amenazantes fueron dados a conocer por las frecuencias radiales autorizadas por la emisora de las FF.AA. Los bandos tenían un triple propósito: 1) asegurarse el control político-militar mediante una efectiva comunicación interna, 2) instar la adherencia de la población a su causa y para 3) ofrecer a la población su informe sobre los acontecimientos del día. En algunos casos, como el que escucharemos a continuación, la Junta intentó articularse ideológicamente.

El bando ocupa un lugar intermedio entre la presencia y la ausencia, su vehículo, su medio, es la presencia espectral de una voz radial en retransmisión. Paradójicamente, desde lo que podríamos llamar un "no espacio", la Junta denuncia el vacío de poder dejado por Allende, su no-presencia judicial y ejecutiva. El bando acusa a Allende de no ser un actor, sino un mero espectador de la situación chilena. La Junta resucitó el cadáver de la ley muerta (encarnada en el concepto jurídico del bando militar) y ésta se convirtió en su arma comunicacional y jurídica en la guerra de legalidades. El estatuto decimocuarto y final dispone: "En consecuencia de la legitimidad de esas normas, se colige su obligatoriedad para la ciudadanía, las que deberán ser acatadas y cumplidas por todo el país y especialmente por las autoridades."

Las voces que circulaban el 11 de septiembre señalaban que la mayor batalla librada en el escenario político chileno de 1973 era la disputa por la legitimidad, por la constitucionalidad y el respeto del marco legal de las instituciones. Tanto el gobierno como la oposición se articularon dentro de este discurso legalista. Por un lado, la Unidad Popular, que hasta 1973 animó quimeras de un socialismo sin revolución, la afamada vía chilena hacia el socialismo, promovió un programa de izquierda nacido en un seno institucional. Fueron las urnas el espacio desde el que se había catapultado el programa de gobierno de Allende. Según esta óptica, quien atentara contra el gobierno estaría atentando contra la democracia y la institucionalidad.

Desde la perspectiva golpista, era necesario plantear la irrupción militar del11 de septiembre como una teatralización de la reinstauración de la ley.[7] La acusación de que la Unidad Popular había desbordado la institucionalidad activó el carácter tutelar de las Fuerzas Armadas. Habiendo declarado al gobierno fuera de la ley, los golpistas se declararon los garantes de la institucionalidad. Sostenían la diferencia entre la elección y el gobierno democrático. Si bien Allende había recibido un mandato en las elecciones de 1970, la oposición sostenía que el presidente había dejado de gobernar democráticamente. Ya para 1973, la oposición había caracterizado al gobierno de la Unidad Popular como un desecho de legalidad, la misma que lo había instaurado en el poder tres años antes. Las cartas fueron echadas y la ruina como metáfora política se echó a andar: el Palacio Presidencial de La Moneda, el monumento al gobierno constitucional, ardía en llamas; Allende se había convertido en un escombro de legalidad.

Los militares sublevados necesitaban construir su legitimidad como actores sociales a pesar de su invisibilidad en la esfera pública chilena. Las Fuerzas Armadas de Chile habían tenido recientemente una turbulenta historia: asesinatos, complots, destituciones y renuncias habían forzado el desfile de comandantes en jefe que se sucedían.[8] Esta turbulencia dentro de las FF.AA tuvo como resultado que los líderes del levantamiento del 11 de septiembre no fueran caras reconocibles a nivel nacional. Su voz tampoco correspondía a la de los usuales actores sociales.

El anonimato del reparto golpista también se debe a que la mitad de los militares que con el Golpe formaron la Junta de Gobierno, no figuraban en la cúpula militar. Pinochet, que sí ocupaba el puesto de comandante en jefe con anterioridad, llevaba apenas diecinueve días encabezando el Ejército.

La voz de Pinochet nunca se oyó directamente durante esa mañana, por encontrarse el dictador en ciernes dictando órdenes intragolpistas desde la torre de telecomunicaciones del Ejército en Peñalolén. Cuando Augusto Pinochet apareció en la esfera nacional durante la cadena televisiva de las 6 de la tarde, el golpe ya se había consumado.

Por ello, la dicción pública inicial de comunicación con la sociedad civil no vino de la glotis de Pinochet, quien en pocas horas presidiría la Junta Militar de Gobierno. Durante el devenir del golpe sería la voz de militares subalternos, inclusive la de otros integrantes de la Junta, la que dictaría radialmente las órdenes destinadas a la sociedad civil.[9]

Esta intervención radial emanó de la voz de José Toribio Merino Castro, integrante de la Junta. La Junta y los grupos que apoyaban su intervención militar no sólo interpelaron a la ciudadanía a través de bandos militares, sino que también recurrieron a otros tipos de comunicados marciales. Aunque no era un bando militar, la intervención de Merino que acabamos de escuchar era uno de los muchos comunicados oficiales que se podía escuchar esa mañana.

La noticia del golpe de estado, que se pronuncia como un no golpe de estado, es entonada por Merino con determinación, pero con un estilo compatible con la monotonía locutoria de los informativos noticiosos. Este comunicado evidencia que la oralidad radial comunica sentido más allá de las palabras. La entonación y la cadencia, al igual que el sonido complementario, forman parte del contenido de un mensaje; las frases declarativas se aderezan con un fondo de música marcial.

Ese día la noticia radial se constituyó de múltiples maneras. Además de bandos militares y comunicados marciales, que entregaban órdenes precisas a los oídos de la sociedad civil, también eran frecuentes los recuentos de los hechos del día, según la interpretación de los representantes del nuevo orden. El boletín que vamos a escuchar fue emitido antes de las 5 de la tarde, hora en que oficialmente se declara la muerte de Allende.

Con un mono-tono, sin ser por completo monótono, el boletín hace un recuento minucioso del acontecer noticioso. El mono-tono de este boletín contrasta con la voluntad de performance de las FF.AA, quienes precisaron de un monopolio del espectáculo- la Junta prohibió por medio de la radio cualquier otro espectáculo. En relación al dramatismo del golpe, incluso se ha planteado que el mismo ataque a La Moneda no tenía utilidad militar, ni justificación táctica. Que fue una verdadera performance de fuerza, un acto de marketing, un despliegue de pirotecnia.[10]

Espectáculo y legalidad fueron conjugados para teatralizar la instauración del orden y la ley. Así, el aplomo del espectáculo de fuerza se conjugaba con una perfomance de legalidades en disputa. En su búsqueda de legitimación jurídica, los golpistas pretendían que su brutal intervención militar suponía un retorno a la juridicidad y una reconstrucción de las instituciones nacionales.Con el pretexto de estar implantando un ordenamiento jurídico las Fuerzas Armadas legitimizaron la violencia.

Este ordenamiento también justificó el paracaidismo de los nuevos cuerpos del poder al escenario nacional. Así, con el aval de la Corte Suprema y ambas cámaras, los militares sublevados contaban con un fundamento jurídico para su intervención.[11]

Esa mañana, no obstante, el mensaje de la Junta tenía matices contradictorios. Había incursionado en una doble performance. Por un lado, se magnificaba el ataque bélico militar mediante, por ejemplo, la re-emisión radial del sonido de los aviones sobrevolando y atacando La Moneda. Por otra parte, se le proporcionaba al ciudadano sonidos-tonos familiares y cotidianos, pertenecientes a géneros radiales reconocibles: el programa matutino o el boletín noticioso sin voces de alarma.

Se trataba de una vacilación entre el Estado de Excepción y el Estado de Derecho. El discurso de los militares no relataba su intervención como la implantación en Chile de un Estado de Excepción, aunque sí hubo Estado de Sitio. Deseaban enfatizar el retorno a la letra de la ley y a la consolidación de un Estado de Derecho, quebrantado por los resquicios legales del gobierno de Allende.

Autonominados custodios del orden jurídico y de la integridad institucional, los golpistas reclamaron la ley para sí, proclamando actuar en su nombre y en su defensa. Con la fuerza de la ley, aplicando vigorosamente la ley, se instauró la Junta en el poder político con su musculatura militar.

En un contexto de extrema polarización política en el cual ambos bandos habían perdido interés por la voz del otro, las ondas radiales dramatizaron este diálogo de sordos. Fueron el espacio donde se libró esta primera disputa por la voz del poder. Habiendo recurrido en las primeras horas del Golpe al bando militar, primer vocero de la ley post-golpe, la Junta Militar integró a su plan de guerra el medio radial de forma estratégica.

Palabras hoy bañadas de imágenes violentas, en las primeras horas del golpe fueron enunciados librados de exigencias ópticas. La junta entendió, tal vez a pesar de sí misma, que el sonido comunica y deslumbra precisamente por su indeterminación visual. Golpe de luz y voz, el 11 de septiembre produjo un corto circuito en la tirilla audiovisual que componía, de forma sucedánea y continua, los fotogramas de cuarenta años de tradición democrática y su acompañante banda sonora. A cuerpo ausente de los escenarios de guerra, Augusto Pinochet Ugarte había dirigido con telecomando el comando golpista.[12] Luego de sonidos mecánicos y violentas señales acústicas del combate en Santiago, esa voz autoritaria desprovista de un antecedente visual, pasó a encarnar el poder y la visualidad nacional.


Carmen Oquendo-Villar is a scholar and a filmmaker, originally from Puerto Rico. She has numerous publications, fiction as well as nonfiction, on diverse cultural fields including literature, music, art, media and performance. Her dissertation thesis is about the sounds and images of the 1973 coup in Chile. She considers the political use of media (radio, television, and press), as well as the relationship between technology and authoritarianism. Gender studies in Latin@ America is her other field of interest. Her investment in this topic is not only academic, but also political and artistic. As board member of Somos Latin@s LGBT, the largest Latin@ LGBT coalition in the Northeast, she helps organize Boston's Latino Gay Pride and is the co-editor of a monthly column in In Newsweekly (New England's largest GLBT newspaper). She is currently working on a series of documentaries about the queer Latino community in Massachusetts. Her film work has appeared in different festivals and screenings all over the world. Carmen has also worked as the submissions coordinator for the Boston Latino International Film Festival (http://www.bliff.org) for the past three years. As film curator, she has put together film festivals in Cambridge (RLL Film Forum), San Juan (Berlinales, CIRCA), Bogota and Medellin (Ciclo de Cine Rosa). She is currently the producer and hostess of the new television show "Cultural Agents" at Cambridge Community TV (CCTV).


Notas

  [1] El evento ha sido teorizado desde la antropología y la filosofía. La bibliografía clásica sobre el tema incluye: Shahid Amin, Event, Metaphor, Memory. (Berkeley: University of California Press, 1995); Veena Das, Critical Events (Oxford and Delhi: Oxford University Press, 1995); Rolf Gruner y W.H. Walsh, “The Notion of an Historical Event.” Aristotelian Society, Supplementary Volume 43, 1969) 141-152; J Molino, “L’evenement: de la logique a la semiologie,” L’evenement, Actes du colloque organisé à Aix-en-Provence par le centre meridional d’histoire sociale. Aix-en-Provence: Univ. De Provence, 1986 (251-270); Victor Turner, “Social Dramas and Stories About Them,” From Ritual to Theater (New York: Performing Arts Journal Publications, 1982) 61-88; Peter Burke, “History of Events and the Revival of Narrative. New Perspectives on Historical Writing (Univeristy Park, PA: Penn State University, 1992) 233-248, Hayden White, “The Value of Narrativity in the Representation of Reality,” The Content of the Form (Baltimore and London: The Johns Hopkins University Press, 1987) 1-25; Deleuze, Gilles “What is an Event?” The Deleuze Reader, Constantin Bourdas, ed (New York and Oxford: Columbia University Press) 42-48.

  [2] Para un concepto de la ley desde la multisensorialidad ver Bernard J. Hibbitts. "Coming to our Senses: Communication and Legal Expression in Performance Cultures." Emory Law Journal 41(1992): 873.

  [3] El musicólogo César Albornoz describe la experiencia sonora del golpe y reconstruye este evento en relación a sus ecos cacofónicos: sonidos, ruidos, voces y silencios.
"Los sonidos de noticias se interrumpían y daban paso paulatinamente a siniestros sonidos ambiente de camiones y helicópteros. […] Aquellas emisoras que apoyaban al gobierno como Radio Corporación, Radio Portales o Radio Magallanes daban espacio a mensajes oficiales; aquellas rebeldes, alineadas tras las fuerzas armadas- Radio Agricultura, Radio Minería, Radio Nuevo Mundo-, llenaban el aire con mensajes golpistas, con música tradicional de folclore e himnos militares. […] Sintonizar las radios esa mañana era tarea complicada […] El sonido en el dial era un conjunto de chirridos donde de repente se oía sintonizar un himno, una arenga o un discurso, pero donde era casi imposible oír a McCartney cantando My love. […] Al contrario, se escuchaban… las voces cada vez más urgentes y más dramáticas, interferidas por otras ondas, donde aparecían de pronto ráfagas de marchas alemanas, voces de mando, chirridos que volvían inaudible la percepción'. A ello se le agregaba un sonido ambiente donde se escuchaban en los cielos de la capital aviones de guerra con intención de ataque. […] Las fuerzas terrestres empezaron a atacar La Moneda, generando la sensación de un combate infernal en todo el centro de Santiago y en los barrios periféricos donde se podían oír los estallidos. […] La gente del norte de Santiago pudo oír claramente la trayectoria de los aviones. Las explosiones, en cambio, fácilmente las oyó todo Santiago. […] Otros bajaban el volumen de la radio o la televisión cuando se oían ráfagas de disparos en las cercanías." César Albornoz, "Los sonidos del golpe" en César Albornoz et al., 1973: La vida cotidiana de un año crucial (Santiago: Planeta, 2003) 184-189.

  [4] Ver Ken Dermota, Chile inédito: el periodismo bajo democracia (Santiago de Chile: Ediciones B, 2002): 22, 28. Ver Guillermo Sunkel, El Mercurio: 10 años de educación político-ideológica, 1969-1979 (México: Instituto Latinoamericano de EstudiosTransnacionales, 1983).

  [5] Existe una publicación que explora los bandos militares en Chile. Los autores explican: "El concepto jurídico de bando tiene escaso desarrollo en la legislación chilena desde la época de la independencia, y de hecho no es reconocido como fuente de derecho en nuestras constituciones. En las leyes vigentes del 11 de septiembre de 1973, los bandos sólo aparecen mencionados en el Código de Justicia Militar y en la Ley de Seguridad Interior del Estado, en preceptos cuya constitucionalidad nunca fue unánimemente aceptada." Carmen, Manuel y Roberto Garretón Merino, Por la fuerza, sin la razón: Análisis y textos de los bandos de la dictadura militar (Santiago: LOM Ediciones, 1988) 21.

  [6] "El Diccionario de la Real Academia define el bando como 'edicto o mandato solemnemente publicado de orden superior'. Algunos atribuyen el origen de la expresión al alemán bann, que correspondería a territorio y, de allí, facultad de establecerse en él. La experiencia chilena parece confirmar un origen en los pueblos vándalos, de baner (de donde provendría también bandera), que significa una orden impuesta bajo amenaza". Carmen, Manuel y Roberto Garretón Merino, Por la fuerza, sin la razón: Análisis y textos de los bandos de la dictadura militar (Santiago: LOM Ediciones, 1988) 21.

  [7] A meses del golpe una publicación del Instituto de Estudios Políticos lanza estos argumentos. Ver Andrés Echevarría B. y Luis Frei B. (compiladores) 1970-1973: La lucha por la juridicidad en Chile I, II (Santiago: Editorial del Pacífico, 1974).

  [8] La tensión política de comienzos de los setenta culminó en el asesinato y la renuncia de dos Comandantes en Jefe del Ejército presidencialistas. En 1970 René Schneider fue asesinado a días de la ratificación de Allende, y en 1973, a raíz del tumulto causado por el “tancazo,” Carlos Prat tuvo que someter su renuncia.

  [9] Roberto González Echevarría ha escrito sobre el acto de dictar en la figura del dictador de la tradición literaria latinoamericana. Ver Roberto González Echevarría. The Voice of the Masters: Writing and Authority in Modern Latin American Literature (Austin: University of Texas Press, 1985).

  [10] El historiador Gonzalo Cáceres argumenta "Técnicamente, el bombardeo no tenía ninguna utilidad militar. El bombardeo es una demostración de fuerza simbólica que indica la instauración de algo nuevo. No hay ninguna justificación táctica para bombardear el edificio salvo el interés por proyectar una imagen de una transformación absoluta y partiendo por una imagen de lo más genuino de lo antiguo. Es un acto de marketing”. Entrevista con Gonzalo Cáceres realizada por la autora en septiembre de 2004. Ver Tomás Moulian, quien primero lo plantea en Chile: Actual anatomía de un mito (Santiago: Lom Ediciones, 1997).

  [11] Mateo Gallardo Silva, Intima complacencia: los juristas en Chile y el golpe militar de 1973 (Santiago: FRASIS Editores, 2003).

  [12] Patricia Verdugo, Interferencia secreta (Santiago: Editorial Sudamericana, 1998).

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