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Isabel Vericat

Gritos en la plaza

A medida que pasa el tiempo desde el regreso de Tijuana todo se vuelve más y más irreal. Ya no sé desde qué país escribo. Sólo sé que estoy escribiendo desde NAR (Nuestra Aparente Rendición), nuestro patio virtual común, la plaza que hemos construido entre todos para no quedar atrapados en el limbo del silencio y en la aceptación de una hiper-realidad que nos mata. Como en los estados traumáticos de shock, hay que hablar, sacudirnos, sin dejar de hablar para no caer en un coma letal.

Después de los 35 cuerpos torturados tirados en plena vía pública en Boca del Río, ¿acabará siendo una señal de tránsito “No tire muertos en el pavimento, aun cuando sean criminales”? ¿Con ejecutarlos basta, como dice el gobernador de Veracruz quien defiende “este tipo de ejecuciones” (a criminales del otro bando)?

¿Se seguirá debatiendo si Twiter es un espacio privado o público, con libertad de expresión total o limitada, mientras se cuelga obscenamente de un puente vial los cuerpos amarrados de pies y manos de una mujer y un hombre “twiteros” en Tamaulipas?

¿Tendremos que seguir enterándonos por la prensa extranjera ––y comprender el silencio de toda la prensa regional y hasta nacional–– de la perversa (no encuentro otra palabra, no sé si la hay aún) decapitación, desmembramiento y exhibición del cuerpo de una valiosa periodista de 39 años, jefa de redacción de su periódico Nueva Hora, Elizabeth Macías, cuya cabeza colocaron sus asesinos junto al monumento a Colón en Nuevo Laredo, rodeada de dos teclados de computadora, cables y el mouse, condenando la comunicación en las redes sociales?

¿No es “natural” también que ocupe la primera plana de algunos periódicos la muerte por linchamiento de un asaltante con la foto de toda la comunidad que lo linchó rodeando al cadáver? Justicia por sus propias manos, ya que no hay de otra.

Todo esto y más sucedió durante los pocos días que fuimos a Tijuana invitadas por el Festival Interzona en su quinto año. Como si hubiéramos dejado atrás un país para irnos a una ciudad en la frontera con otro. En realidad a un Tercer País ––ni USA, ni México– con toda la fama de ser la primera capital de la narcocultura, ahora en su fase post-narco (si es que esto existe) por estar controlada la plaza por uno de los capos, el Chapo Guzmán (Basaglia dixit).

Mientras tanto, noticia:
Nacen en un hospital de Los Ángeles mellizos del Chapo Guzmán: Su esposa Emma Coronel no fue detenida pues no hay cargos en su contra, señala periódico angelino.

Hiper-realismo (escabroso, con pelos y señales), realismo, infra-realismo. El surrealismo ya no nos explica como país.

¿Cómo entender los hechos, lo que pasa, ir más allá de las apariencias?

¿A qué lengua traducir las imágenes, las formas, los hechos?

Puras preguntas. Buscamos respuestas.

¿De qué otra cosa podemos hablar?

Estamos en la Casa del Túnel, construcción en forma de proa que penetra hacia el país de al lado, el amurallado con alambradas y desechos metálicos de aviones y otras armas de sus últimas e interminables guerras, Irak, Afganistán.

El túnel cruzaba la frontera, tenía unos 50 metros y desembocaba del otro lado en el estacionamiento de una tienda, donde nadie veía nada cuando por ahí circulaban vehículos que se detenían a recoger mercancía (drogas, personas, objetos). Hasta que alguien vio algo y la casa se requisó. Se tapió el túnel y el interior de la casa se convirtió en un lugar de encuentro nacional y binacional, sede del Festival Interzona que desde hace cinco años enriquece la vida de la ciudad.

Photo: Credit.
Isabel Vericat

En la terraza de arriba, en la azotea, hay un concierto de jazz, con dos cantantes mujeres excepcionales. Tempo y ambiente de bienestar y calidez nocturna. En el primer piso, en dos orondos sillones, presentamos NAR a unos 30 asistentes interesados e interesantes, en general maduros hombres y mujeres. Una atmósfera bastante privada, personal, que nos da el tono.

Para comenzar, y para evitar la cantinela de “la guerra de Calderón contra el narco”, nos remontamos a unos dos años antes (2008) del nacimiento de NAR, cuando dos mujeres artistas expresan en sus obras-actos la larga historia de feminicidios y de impunidad que llevamos a cuestas. La cura por el habla. La cura por el arte.

Y hasta más atrás, cuando no Tijuana sino Ciudad Juárez fue denominada por Charles Bowden, el laboratorio del futuro.

“¿De qué otra cosa podemos hablar?”, le contestó la artista Teresa Margolles al crítico de arte Cuauhtémoc Medina, y así tituló la acción que presentó en la Bienal de Venecia, donde “limpió” con una mezcla de agua y sangre de víctimas del crimen organizado las salas vacías de un palacio.

Después vino “La alfombra roja” de Rosa María Robles, hecha con mantas con sangre de “encobijados” y con la que intervino una galería de Culiacán. Las cobijas procedían de los separos de la procuraduría de justicia, eran pruebas periciales y tuvo que devolverlas por el escándalo que causaron. Compró otras y las tiñó con su propia sangre. “Así fue como logró una metáfora indeleble”, cuenta Juan Villoro en su crónica Nuestra sangre. “Durante un tiempo recurrimos a una distracción defensiva pensando que los narcos se mataban entre sí; ahora sabemos que la sangre puede ser nuestra.”

Un laboratorio es una Realidad en la cual se experimenta o se elabora algo. Ser testigo del dolor de los demás lleva a poner a las víctimas en el centro y abandonar toda inocencia o buena conciencia. Significa también poner nuestro dolor en juego.

Photo: Credit.
Isabel Vericat

Hablamos del paso de la indiferencia a la expresión colectiva en resistencia que significa la evolución del proyecto de blog a página en internet. Proyectamos la página y detallamos los proyectos especiales. A unas mujeres les interesa hablar del feminicidio; a un asistente de la ausencia del estado de derecho, y en el intercambio van apareciendo múltiples denominaciones que aluden al sentimiento de inseguridad generalizado: estado fallido, débil, fragmentado, estado paralelo. Algunos se interesan por la propuesta de NAR de diálogo e intercambio entre ciudadanos, amplio y horizontal, sin proponernos dialogar con gobierno ni autoridades. En vertical: creación de una tupida red de solidaridad, creatividad y resistencia, de ciudadanía. Al final, alguien en la primera fila pregunta qué se puede hacer para ayudar a un amigo al que se encontró hace poco en la calle, muy desmejorado, y que le contó que su hermano había desaparecido, que un día no regresó a la casa. Le gustaría ayudarlo porque cada día está más flaco y angustiado, pero no sabemos cómo, le decimos. Las desapariciones son ahora el gran tema de preocupación y debate.

Afuera, en la banqueta de la Casa del Túnel, a modo de instalación escultórica, el chasis de un coche modelo cincuentas acribillado de balas y pintado de blanco. Como si Bonnie and Clyde lo acabaran de dejar atrás en su fuga. ¿Estamos en sus territorios? El poder que mantiene a raya la ciudad es invisible.

“Por eso la actual indignación contra la narcoguerra no tiene fuerza en Tijuana que, además, no termina de perder su amor popular al narco, en todas sus clases sociales, desde empresarios hasta malandros”, dice en su blog Hache, Heriberto Yepez, uno de los pensadores más conocidos de la identidad fronteriza, del imaginario de Tijuana como ciudad, crónica y forma de vida.

Y agrega:
“¿Qué sigue para México? Todas las urbes serán Juárez. Y luego serán Tijuana.

La narcoguerra bajará de intensidad. Pasará a tercer plano.

Y en un momento dado en que parezca que el narco se va, consumidores, empleados y fans firmarán, por todo el país, para que lo narco no se vaya jamás.”

Estas son las desalentadoras expectativas según algunos conocedores, la romantización de la violencia, como en las películas.

Mientras disfrutamos en la terraza del jazz y de la voz de la cantante, recibo un mensaje en el celular de una amiga abogada que trabaja en el proyecto Iniciativa Frontera Norte, bastante arriesgado: “Hola Isabel, tenemos emergencia en la línea. Sigo aquí. Lo siento. Te llamo después. Un beso.”

Al día siguiente leemos en el periódico la noticia de los disparos recibidos por un emigrante de un policía desde la misma garita del paso fronterizo.

En dos días recorremos casi toda la ciudad con nuestras amigas Meritxell y Nancy, abogada y estudiante de filosofía expertas (sobre todo Meritxell) en otras épocas de Tijuana. Cuando la ciudad fue la Meca musical con Santana y otros grandes, Janis Joplin y Jim Morrison iluminando la noche de los antros.

Ahora, nos cuentan, la droga está cada vez más adulterada y la población infra-real de hombres y mujeres que no logran cruzar al otro lado, o sin trabajo, o adictos, todos con hambre perpetua, sin techo, hacen de El Bordo ––esa canalización casi faraónica del riachuelo Tijuana–– su casa, su lugar de encuentro y de sobrevivencia. Y todo a la vista de transeúntes y coches y ante su total indiferencia.

Photo: Credit.
Isabel Vericat

Nuestras amigas les entregan a las mujeres jeringas nuevas, en colaboración con organizaciones sociales del otro lado, que las mujeres pasan de inmediato a usar para inyectarse. Pero sólo así se puede prevenir y evitar en algo la transmisión del sida.

Tenemos el privilegio de visitar una especie de oasis o de refugio: la Clínica de la Conducta. El padre de Meritxell, psiquiatra y encantador, una mezcla difícil de conseguir, hace ya 20 años que se dedica a la rehabilitación de personas con adicción a la heroína mediante un tratamiento permanente de metadona. La colaboración de nuestras amigas está dirigida a un grupo de 17 mujeres, “las resistentes”, todas ellas víctimas de trata en algún momento de su vida, la mayoría ha escapado de su casa tras sufrir violencia sexual por parte de familiares. A todas ellas les ha tocado sufrir el feminicidio de alguna amiga o compañera de trabajo o de jeringa. Casi todas son mujeres migrantes.

“Acá en Tijuana, si matan a una muchacha jovencilla y anda vestida como chola, inmediatamente dicen los placas que fue una ejecución del narco.” Sobran los comentarios.

La calle Primera, activa las 24 horas, es el lugar aparentemente más tranquilo y exuberante del mercado sexual. Chicas y más chicas -–muchas parecen menores–– atractivas, maquilladas a la espera de negociar un cliente apoyadas en el muro de la calle. Letreros luminosos, locales grandes y pequeños, con las puertas abiertas y semivacíos. Sin parar, todo el día, el intercambio ancestral de sexo por dinero, esperemos que voluntario, no como un trabajo forzado.

Me viene a la memoria “Touch of Evil” (Sed de mal), la película de Orson Welles con Janet Leigh y Charlton Heston, en Tijuana. El policía mexicano heroico (Heston) enfrentando al corrupto estadounidense (Welles). Insólito hoy en día como reparto de papeles, y la misteriosa y enigmática gitana (la maravillosa Marlene Dietrich) que predice y presagia lo peor para su ex amante (Welles).

¿Qué leería la vidente que nos depara el presente?

Tijuana ahora, la ciudad que ha transformado a sus propios habitantes, la Meca de la droga, la que más conectes tiene con Estados Unidos, la que más balas han perforado.

La estetización de la violencia transformada en cultura y novelas.

Pero no es así en “Miss Bala”, también en Tijuana, la reciente película mexicana de Gerardo Naranjo, un despliegue muy logrado de la realidad non fiction, de la normalidad del horror y el miedo desde el punto de vista subjetivo, personal de las víctimas. Sin exageraciones, no son necesarias, tomando como punto de partida un hecho real de hace dos o tres años: una reina de la belleza en Culiacán, sorprendida con un jefe narco.

En el vuelo de regreso de la punta oeste de la frontera Norte sobre el Pacífico hacia el centro del país en el altiplano volamos por encima de un techo de nubes compactas, un primer cielo que nos separa de la hiper-realidad terrestre del espectáculo de la violencia caníbal.

En la claridad del azul del segundo cielo al que hemos ascendido, las formas tupidas y asombrosas de las nubes, más bellas aún que las pintadas por Georgia O’Keeffe casi bajo el mismo cielo en Nuevo México, proyectan sus sombras sobre la realidad del primero.

Y ahora sí, mirando hacia arriba, azul cósmico sin límites de espacio, pienso en cuál será el reino de los cielos, quién irá a parar a él. Seguramente Solalinde, todos los que viven en El Bordo, las víctimas gratuitas, que son todas, de esta bárbara matanza, las del sistema financiero que nos chupa la sangre a todos menos a los que más tienen y, en general, la inmensa mayoría de la humanidad. Así es de desigual este perro mundo.

Isabel Vericat
De Tijuana al DF, 25-28 septiembre 2011

Post data: Este intento de describir una realidad inenarrable en conjunto y sólo abordable en fragmentos, implica el dominio sobre los territorios en los que está fragmentado el país por el narcotráfico. No de una narcopolítica, sino de una necropolítica que ejerce su poder como dueña de la vida y la muerte de sus súbditos. En esta hiperrealidad cotidiana, la muerte es el mensaje ––en cuerpos mutilados y en narcomantas–– y la vida cada vez más precaria y desnuda.

La economía ilegal de los tráficos se alimenta de armas y personas, no sólo de “narcóticos”, y alimenta a su vez a una economía “legal” que no podría subsistir sin ella. Corrupción e impunidad mantienen y legitiman a los necropoderes en juego.


Isabel Vericat Núñez es abogada, escritora, activista y traductora, conocida por su participación en el movimiento en contra del femicidio en Ciudad Juárez. Se tituló en derecho en la Universidad de Madrid. Ha trabajado traduciendo Francés, Italiano, Portugués, Español e Inglés. Es miembro fundador de la organización Epikeia, dedicada a los derechos de la mujer. También es miembro de la Escuela de Escritura Dinámica, y ha contribuido a publicaciones editadas por el Colegio de México y la UNAM.

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