¿Esta muerto el teatro popular latinoamericano?

Coordinado por Vivian Martínez Tabares

La cultura popular es aquella considerada por el pueblo como propia y constitutiva de su tradición. En 1938, refiriéndose al teatro, Brecht enunció su concepto de lo popular, que acusa una perspectiva marxista, al exponer:

“Popular significa comprensible a las masas, lo que recoge y enriquece su forma de expresión asumiendo, afirmando y corrigiendo sus puntos de vista, representando a la parte más progresista del pueblo, de manera tal, que esta puede tomar la dirección, es decir, comprensible también a las otras partes del pueblo es lo que, partiendo de la tradición, la lleva adelante, lo que trasmite al sector del pueblo que aspira al poder las conquistas del sector que ahora lo sustenta.”

Ideas que conjuntamente con sus procedimientos de análisis crítico de las contradicciones sociales en la escena iluminaron buena parte de las experiencias teatrales latinoamericanas comprometidas con su entorno, el movimiento de nuevo teatro, la creación colectiva, las prácticas de la calle, entre otras.

En su Teoría transcultural del arte, Adolfo Colombres atribuye al arte popular una importancia que reside

“...no sólo en el hecho de que en él se manifiesten los aspectos más específicos de las matrices simbólicas que se enfrentan a la estética universal, sino también, o sobre todo, porque constituye comúnmente el ámbito más heroico de la resistencia a la colonización visual (por las imágenes) y el mejor punto de partida cuando se va en busca de lo universal. Curiosamente, la parte más sustancial de la cultura de la resistencia sigue creciendo en montañas, selvas, desiertos y otros espacios marginales que se confunden a menudo con el desierto, liberados a su suerte tanto en lo material como en lo espiritual, bajo condiciones nada propicias, mientras que en los grandes centros urbanos, donde se abren a los artistas múltiples posibilidades, muestran una alarmante tendencia a someterse, incluso con gran entusiasmo, a los cánones metropolitanos. Ambas razones le confieren una indiscutible relevancia estratégica, en la medida en que sólo la alianza entre el arte ilustrado o especializado y el arte popular permitirá librar con éxito esa guerra de imaginarios que se intensifica hoy en todo el mundo, como resultado del proceso de globalización y el avance demoledor de la cultura de masas”.

A la provocadora pregunta ¿Esta muerto el teatro popular latinoamericano? que lanza el Encuentro, responden con una negación rotunda las aproximaciones liminales de varios artistas que, de manera sostenida, ocupan escenarios no tradicionales y exploran estructuras alternativas, como el montaje más reciente del emblemático Teatro La Candelaria de Colombia, Nayra (La memoria), que parte de una investigación sobre la energía y reconstruye el ámbito de maloka indígena. Como ha testimoniado Patricia Ariza:

“El espacio-tiempo o cronotropo de Nayra quizás tenga que ver con los sombríos tiempos que vivimos donde el arte que se niega a ser instrumento del mercado está perdiendo su lugar. Y no es sólo el arte, somos todos, los artistas, los desplazados, los inconformes y los indignados.”

O la instalacción colectiva que generó el grupo peruano Yuyachkani para celebrar su treinta cumpleaños, titulada Hecho en el Perú, vitrinas para un museo de la memoria para reconstruir temas urgentes de la historia reciente del Perú. Como también las prácticas de artistas que viven en el límite o en la intersección de varios géneros y tendencias, que cultivan una mirada paródica sobre la identidad, la historia y la cultura popular misma, como los miembros de La Pocha Nostra, las cabareteras políticas Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe, o los experimentos multimediáticos y de compromiso del cuerpo de Elia Arce. También las intervenciones que invaden el espacio público o que integran sus discursos de representación a marchas políticas, así como la sobrevivencia de fiestas populares tradicionales como las Parrandas de Remedios, o procesiones como las del Día de San Lázaro, ambas en Cuba y con notable fuerza participativa, contienen una reserva de teatralidad que recuperan espacios para una genuina expresión de lo popular.

Este grupo se propone trabajar en torno a una noción contemporánea de teatro popular y a caracterizar sus principales tendencias en Latinoamérica.

Participantes

Héctor Caro, Graciela Mengarelli, Doris Difarnecio, Silka Freire, Petrona de la Cruz, Jennifer Miller, Alexandre Santini, Karina Vanessa, Mila Aponte, Sebastian Calderón, Christie Jimenez.